24 de junio de 2021, 11:56:54
Opinión


Espías en mi basura

Margarita Márquez


Es peligroso hurgar en las basuras. Todos salen perdiendo. Que se lo digan a los protagonistas del affaire Dreyfuss, aquel caso famoso de finales del siglo XIX donde el militar de tal nombre fue degradado injustamente de su condición castrense y condenado de por vida a la Guyana francesa por espía. La sentencia fue motivada por unos papeles que un agente secreto encontró en la papelera de un agregado de la embajada alemana en Francia que hacían evidente la presencia de un topo entre las filas del ejército galo. Pero no fue el único afectado, pues por la clara injusticia que se cometía al culpar a Dreyfus, el escritor Emil Zola redactaba un furibundo manifiesto, titulado Yo acuso, que hizo caer altas cabezas del gobierno de París por la mala gestión del asunto y el equívoco de la sentencia. Más aún, ese escrito tuvo unas repercusiones enormes, no solo contra el propio Zola a cuya cabeza pusieron precio famosos antisemitas –Dreyfuss era judío y en tal característica basó el escritor su arenga acusatoria y su muerte por asfixia se sospechó que podía no haber sido accidental- sino que todo este barullo fue el inicio de las actuaciones de los intelectuales como grupo que no dejaron de poner desde entonces el grito público en el cielo durante el resto del siglo XX. No siempre, como bien sabemos, de forma demasiado acertada.

Y todo por mirar en la basura, que como cualquier servicio secreto sabe, es fuente riquísima de información de sus recién expropietarios. Hace tres años en el sur del Reino Unido se intentaron poner cámaras en los contenedores de desperdicios para controlar qué cuánto y cómo dejaban los vecinos en sus basuras. Como es natural en un pueblo tan inmensamente libre, el grito de queja se escuchó por toda la geografía afectada. ¡Ni Orwell se atrevió a recrear algo así en 1984 para su Gran Hermano! Medida tan cercana a un régimen totalitario –aunque sus fines fueran puramente ecológicos y de control sanitario- no podía prosperar.

Pero hete aquí que, probablemente debido al síndrome de arcas vacías o por una real preocupación de un reciclado correcto para una vida más sana, los vecinos de Madrid nos hemos visto desde hace un mes sacudidos de nuevos espías en nuestras basuras. En esta ocasión las visitas al mundo de la inmundicia se advierten esporádicas y al azar. Cuentan letreros en los portales de las casas que los inspectores de nuestro ayuntamiento pasearán sus ojos –y manos supongo- por el interior de nuestras bolsas contenedoras y, si descubren infractores que equivocadamente mezclan sus residuos, la comunidad de propietarios deberá pagar multa económica al concejo por tener entre sus vecinos ciudadanos tan poco consecuentes con su vida en naturaleza.

Lo que no advierte el aviso es el método para detectar al transgresor, dado que las basuras son anónimas y durante horas en las puertas de casas y calles están expuestas a la mala intención de vecinos vengativos. Lo que espero es que no se hallan reinventado técnicas al hilo de la ordenanza como la de porteros husmeadores-delatores, que tanto juego han dado a políticas represoras en épocas no tan pasadas.

Tanto ruido para reciclar nuestros desperdicios no va a crear mejor conciencia ecológica. A lo sumo traerá más dinero al sistema recaudatorio y enfadará un poco más si cabe al presunto infractor, suponiendo que lo sea, pues localizar al que fuera dueño de un residuo no es tarea fácil y casi siempre se yerra. Que se lo digan a Dreyfuss.
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