28 de julio de 2021, 6:43:39
Opinión


Grave crisis en Nicaragua



Desde que tuvieron lugar las elecciones municipales en Nicaragua, el pasado 9 de noviembre, la situación en el país se ha vuelto insostenible. La oposición exige que se impugnen los resultados, que otorgaron la victoria al Frente Sandinista de Liberación Nacional, y que se convoquen nuevos comicios en 143 de los 146 municipios donde se celebraron las elecciones, denunciando la existencia de fraude y robo electoral.

Los sandinistas, por su parte, llevan más de dos semanas movilizados violentamente y mantienen la capital del país, Managua, sitiada. Los heridos en las reyertas callejeras se cuentan por decenas y los seguidores oficialistas aseguran que no pararan hasta que el Consejo Supremo Electoral no proclame oficialmente su triunfo. Mientras tanto, se van sucediendo hechos gravísimos como el intento de linchamiento del líder opositor Eduardo Montealegre cuando se disponía a encabezar una manifestación pacífica el pasado martes, o el ataque a tiros contra él mismo, que se saldó con un guardaespaldas herido.

Todos estos acontecimientos se van sucediendo sin una aparente respuesta del Gobierno de Daniel Ortega al que, tristemente, parece beneficiar el ambiente de división y confrontación del país ya que le puede dar carta blanca para tomar medidas de excepción. El presidente nicaragüense aún no se ha hecho declaración alguna respecto a lo que está sucediendo. Lo cierto es que los mandatarios que se sitúan en la órbita del ALBA han demostrado que tiene más interés en fomentar la desunión y confrontación en sus países que en buscar consensos que puedan satisfacer a la mayor parte de sus ciudadanos. Lo estamos viendo en Venezuela, donde gran parte de la oposición ha sido inhabilitada para presentarse a las elecciones del próximo domingo con medidas anticonstitucionales. Lo que buscan líderes como Hugo Chávez o Daniel Ortega es aniquilar a las voces discordantes y, lamentablemente, en Nicaragua se lo están tomando en el sentido más literal del término.

La violencia que lleva semanas sacudiendo Nicaragua amenaza con dañar irreversiblemente su frágil democracia y, tristemente, parece que eso es lo que busca Ortega. Nicaragua, hoy por hoy, se encuentra en plena deriva y a punto de abocarse a una grave crisis institucional y no hay indicios, por el momento, de solución.
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