18 de enero de 2020, 5:30:21
Opinion


La retórica al poder

José Manuel Cuenca Toribio


Como en los días del siglo XIX y aun de una considerable parte del XX, la retórica semeja otra vez cimentar potestades y principados en la vida pública. El tan coreado triunfo de Barack Obama en las recientes elecciones presidenciales norteamericanas ha tenido el virtuoso dominio de piezas de la retórica clásica la causa principal. Todas las notas del registro de la elocuencia política se desplegaron con asombrosa refulgencia en los mítines y discursos con los que el candidato demócrata escaló la cumbre del poder todavía más decisivo del planeta. La figura atlética, estilizada y grácil, así como el rítmico ademán y modulada voz del senador por Illinois coadyuvaron en amplia medida a su estimulante éxito, al que las caprichosas cámaras –no siempre las personalidades en principio telegénicas les “caen” bien, según el diagnóstico de muchos expertos- contribuyeron igualmente en notable proporción.

Mas no cabe aquí engaño. La oratoria, la buena oratoria con acento demosteniano y sabor ciceroniano, llevó a la Casa Blanca a su cuarenta y cuatro inquilino. El uso eminente de lo que griegos y latinos denominaban la eubolia o arte del buen decir desportilló todos los cerrojos del camino hacia la, hoy por hoy, culminación del “sueño americano”. La majestuosidad del diseño general del discurso, la impecable dosificación de temas, la perfecta alternancia de lirismo y prosa, de pragmatismo y utopía, la imperturbable sofrosine en medio de agudas tensiones y, finalmente, la pulsión patriótica y la apelación a lo mejor de la condición humana fraguaron una victoria calificada por algunos, quizás algo apresuradamente, de memorable…

En cualquier caso, el mimetismo e irradiación ejercicios en todo el mundo por el modelo norteamericano en las pautas del comportamiento de las gentes de los países más variados hará sin duda que la retórica como instrumento político reverdezca sus laureles de los tiempos en los que la elocuencia parlamentaria se estimaba como el principal mérito del cursus honorum de gobernantes y estadistas. Significativamente, en la nación más vanguardista de la tierra, la semilla de la educación humanística se cultiva con esmero en el mayor número de sus centros de élite e incluso en una notable porción de establecimientos públicos y menos encumbrados. Obama cursó algunos de sus estudios universitarios en Harward con sobresaliente aprovechamiento, singularmente en el plano jurídico y politológico. La más antigua y prestigiosa alma mater estadounidense descuella, conforme es bien conocido, no solo por sus enseñanzas económicas y científicas sino también por las impartidas en el ámbito de las Letras, así como, sobre todo, por el espíritu humanístico que impregna, en conjunto, su docencia. A tenor de sus antiguos y numerosos alumnos agraciados con el Nobel y otras altas distinciones, Barack Obama no será el último de los laureados en la vida pública y cultural.

De manera harto curiosa, la campaña del candidato demócrata a la Casa Blanca coincidía con el enuncio en los medios españoles de la apertura de una Escuela de Oratoria en el Congreso de los Diputados. En el recinto en el que los fulgores de las intervenciones de Donoso Cortés, Ríos Rosas, Castelar, Martos, Vázquez de Mella, Maura y Canalejas, Azaña y Ortega –entre otros muchos astros de una constelación de difícil cotejo- iluminaron un panorama de brillantez expresiva admirable, a la vista de la grisaciedad y desmaña discursivas reinantes hodierno, se toma la iniciativa, por quien legítimamente pueda adoptarla, de abrir una academia para que nuestros representantes aprendan lis rudimentos de la retórica parlamentaria. Muy presumiblemente, Alcalá-Zamora, Cambó o Indalecio Prieto se tomarían a chacota la medida, si no la tomaban a escarnio. Pero, con todo, comienzo requieren las cosas y el ejemplo de Obama puede servir de reclamo y aliciente a nuestros desnortados padres de la patria…
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