15 de diciembre de 2019, 20:44:58
Opinion


Frascuelo

José Suárez-Inclán


Carlos Escolar “Frascuelo”. Torero impar. Sesenta años cumplidos. En activo. Hablando hace unos meses con el más grande de los artistas jerezanos del toreo, lo mencionaba entre los cinco que mejor hacían y decían el toreo por los ruedos españoles. Muy querido por la buena afición de Madrid, recibió tres cornadas de un toro de San Martín, de encaste Santa Coloma, en la feria de San Isidro de 2008. En agosto, cuando lagrimea San Lorenzo, ya estaba en pie y reapareció en El Escorial donde le cortó a un toro las dos orejas. Era de la misma ganadería que el que le hirió.

Con Frascuelo descubrió mi hijo la complejidad contradictoria de la vida. Veía yo una corrida en la tele, cuando, distraídamente, pasó José Isidro por el sofá del cuarto de estar.
—Mira, está Frascuelo; verás cómo torea.
—Papá, ya sabes que no me gustan los toros. Me da igual que tú los veas, pero me da pena el toro; además…En aquel momento ocurrió algo extraordinario. Frascuelo recibía al toro con los trasteos iniciales de muleta. Dos doblones y un trincherazo. O tal vez fue su cara de torero. Pero José Isidro cedió callado y se detuvo en el sofá. La corrida era en un pueblo. Pequeño, manchego, no recuerdo cuál. La televisaba el canal autonómico de Castilla-La Mancha.

Estaba ya Frascuelo en el tercio dando series de muletazos de aroma concentrado, sin trampa ni cartón, entre mis oles solitarios y el silencio de mi hijo, cuando el toro le encontró una media. Todo fue rápido, como ocurre en las cogidas. En cosa de segundos aquel hombre mayor giró en el aire y pasó, volteado, de los cuernos del toro a la arena amarillenta. Tras el revuelo aturdido de peones, le quitaron al toro de encima. Se levantó el maestro, y el ojo de la cámara apuntaba, certero, al cordón de sangre que le corría por la media. No hubo lugar a discusión. Frascuelo, con el rostro sereno, se quitó su propio corbatín, lo apretó en torniquete a la pierna herida, sobre el gemelo, y se fue a por el toro. Los pases salían limpios, rotundos, de un dominio suave, casi cariñoso, y una templanza de sabio. José Isidro gritaba los oles con emoción visible. Entre serie y serie el objetivo enfocaba el corbatín, ya caído sobre el tobillo, empapado en sangre. Mató el toro Frascuelo, muy serio, muy tranquilo, en el delirio abrasador de la tarde de verano manchega. Y por su propio pie se fue a la UVI móvil que voló hacia algún hospital para operarlo. José Isidro, húmedos los ojos, confesó.

—Me ha encantado, es el único torero que me ha gustado. Pero, papá, no me gustan los toros.

Seguramente ya empezaba a intuir que el amor le haría sufrir.
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