8 de diciembre de 2021, 4:22:28
Opinión


Siria: la columna de San Simeón

Isabel Sagüés


Los alrededores de Antioquia, en el extremo oriental del Mediterráneo, fueron durante los siglos V y VI escenario de una intensa vida eremítica. Toda la región estuvo poblada por monasterios y habitada por anacoretas. El más popular de todos ellos fue San Simeón. El Santoral dedica el 5 de enero a conmemorar a este singular santo, apodado el Estlita, que en el siglo V vivió durante 37 años encaramado a una columna. Este personaje fue el primero de una serie de estilitas –llamados así porque en la época y en la zona el idioma común era el griego y stylos es la palabra griega que significa columna– que imitaron su forma de vida y que durante varios siglos estuvieron muy presentes en esa región que hoy forma parte de Turquia y Siria.

La vida de Simeón suena a leyenda, si bien la Iglesia la da por buena y por bueno el testimonio de quien la trasmitió: Teodoreto de Ciro, monje coetáneo que conoció a este santo o loco, al menos personaje extravagante, que dedicó casi toda su existencia a la vida contemplativa. Simeón nació a finales del siglo IV al borde del Mediterráneo, en la antigua Cilicia, hoy Turquía, próxima a Tarso, patria de San Pablo, y a Siria.

Pastor e hijo de pastores cristianos, un buen día, tras oír un sermón en la iglesia sobre las Bienaventuranzas, y tras un sueño visionario, decidió hacerse anacoreta e ingresó en un monasterio. A pesar de las duras condiciones en que se desarrollaba la vida eremítica, a Simeón le pareció poco. Se fue a vivir a una cueva en el desierto, a la que se hizo encadenar y en la que pretendía permanecer el resto de su vida. Sin embargo para entonces había trascendido su fama de santidad y la gente acudía en peregrinación a pedirle consejo. La presencia constante de peregrinos le impedía dedicarse a una vida contemplativa, por lo que decidió vivir aislado de sus congéneres, en un lugar solitario, e ideó un modo de vida totalmente nuevo y diferente: decidió vivir sobre una columna.

En busca de soledad llegó hasta un lugar agreste e inhóspito donde construyó la columna. La primera en la que vivió medía tres metros de altura, pero, dado que los peregrinos seguían perturbándole, la elevó hasta los siete metros. Resultó insuficiente por lo que la definitiva alcanzó los diecisiete o dieciocho metros, que sobre este punto no hay acuerdo. Vivió 37 años sobre la columna, a cielo raso, tanto en verano como en invierno, contra la lluvia, el sol o el viento. Dormía poco, comía menos. Ascetismo total. En estado de oración permanente, se encadenaba a la columna por el cuello para no caerse durante la noche. Murió el 5 de enero del año 450, a los 70 años de edad. Su cuerpo fue trasladado a Antioquia y después a Constantinopla.

Al menos desde nuestra óptica contemporánea, la vida de Simeón resulta excesiva. No sabemos si Simeón era un fanático o un moderado, un loco o un santo, o simplemente un excéntrico. Lo cierto es que se convirtió en el santo más popular de la Siria bizantina y su peculiar modo de vida impresionó a sus contemporáneos y su fama se extendió por toda Europa. Una vida la suya que todavía cautiva y fascina. Luis Buñuel rodó en 1965 Simón del desierto que está inspirada de manera totalmente libre en la vida del santo. Durante 46 minutos retrata la vida de un eremita que vive en el desierto y que atrae a toda clase de personajes, más bien grotescos, pidiendo milagros. A la pureza de Simeón se contrapone la figura del diablo, encarnado por la actriz mejicana Silvia Pinal, que intenta tentar al santo llevándoselo a un cabaret de Nueva York. Una película con el humor corrosivo de Buñuel, una crítica a la religión y sus excesos.

También las ruinas de Qala,at Samaan, en árabe castillo de Simeón, siguen cautivando y fascinando hoy en día. No acuden peregrinos pero si turistas y curiosos. San Simeón es una de las atracciones de Siria, país ya de por si apasionante, espléndido, fascinante, con hermosas ciudades, paisajes llenos de contrastes, magníficas ruinas y miles de restos arqueológicos fruto de una vieja historia que empezó con las civilizaciones que surgieron hace más de 5.000 años en Mesopotamia.

Llena de prejuicios y pese a la buena prensa de San Simeón, me resistía a conocer la antigua morada de personaje tan estrafalario. Finalmente accedí a visitar Qala,at Samaan. Reconozco que hubiese sido un tremendo error no conocer San Simeón. Difícil imaginar un paraje más impresionante, más espectacular, y unas ruinas más hermosas, rodeadas de altas montañas, enmarcadas en un inmenso bosque de pinos, alejadas del mundo, entre el silencio y el aroma perfumado de las flores silvestres. Inolvidable.

Desde Aleppo, la segunda ciudad de Siria, y tan interesante como Damasco, es muy fácil acceder a San Simeón que está a 40 kilómetros. Una aceptable carretera, un agradable camino que transcurre a través de un paisaje de lomas cubiertas por pinos, conduce al antiguo eremitorio en poco más de media hora. San Simeón se levante en medio del macizo calcáreo de Altimözü, alta montaña que la nieve cubre una parte del año y en el que sobresale enhiesto el pico Silpius. El lugar causa admiración por la maravillosa masa boscosa que le rodea, por el paisaje deslumbrante, por la tranquilidad, por el sosiego que se respira. Se palpa el silencio, la lejanía, la misma que buscó nuestro singular santo, y se disfruta de unas espléndidas ruinas muy bien conservadas.

Después de la muerte de Simeón, se levantó una gran basílica para honrarle. Hacía el 490 finalizaron las obras de lo que constituyó la iglesia más grande del orbe cristiano, ya que Justiniano tardaría dos siglos en construir Hagia Sofia, Se construyó en mitad de la nada, cuando por tamaño y esplendor era digna de hallarse en Roma o Constantinopla. El complejo está formado por un monasterio, un baptisterio y cuatro basílicas dispuestas en forma de cruz griega que desembocan en un patio central de forma octogonal, en cuyo centro se halla la columna cubierta por una cúpula. Los restos de la iglesia están bastante bien conservados, pero la columna se halla muy deteriorada. Sólo queda un trozo de piedra sobre una plataforma. Todo el conjunto es de estilo bizantino, un estilo muy extendido en Siria, donde arraigo con fuerza el Imperio Romano Oriental.

Una de las actividades más recomendables en Siria es visitar las llamadas ciudades muertas. A lo largo del valle del río Orontes, entre Hama y Aleppo, hay sesenta de estas ciudades, llamadas así porque hace siglos que dejaron de estar habitadas. En algunas todavía se mantienen en píe iglesias, palacios, casas. Todas ellas han sido construidas en el inconfundible estilo de Bizancio. El viernes, festivo para los musulmanes, es fácil encontrar familias enteras que acuden a pasar el día entre las viejas y abandonadas piedras. Se divierten los niños, se solazan las mujeres, juegan a cartas los hombres, todos comen y organizan un alboroto si ven aparecer extranjeros. No es rechazo sino curiosidad. No entienden el interés foráneo por esas ruinas, no se explican que hacen gentes tan lejanas visitando unas cuantas piedras a las que no dan valor. Resulta difícil transmitirles el gran interés que su arquitectura y su ignota historia despiertan para el visitante.
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