24 de junio de 2021, 10:42:55
Opinión


¡Esas manos presidentes!

Margarita Márquez


Dice un diario suizo que algo parecido dijo la señora Angela Merkel al soportar el enésimo achuchón de su homólogo francés. La canciller, en un comunicado que llegó al Eliseo según muchos medios, pero que nunca existió según la versión oficial de las casas presidenciales gala y alemana, se quejaba de la efusividad de Sarkozy cuando ambos se encontraban en sus diferentes cumbres. El consorte de Carla Bruni recibía en todas ellas a doña Angela con la más galante efusividad que a él le parece cortés: besos, numerosos gestos de complicidad y paseos hacia las fotos oficiales abrazándola por los hombros, así como un discurso donde entre metáforas y risas, se mostró enamorado de su igual, provocaron esa carta que por mucho desmentido que se haya hecho, tiene un gran poso de realidad.

Pues no es sólo el galante presidente francés quien provoca los respingos de la primera mujer alemana: Berlusconi y Bush también han sentido el despego de Merkel cuando han intentado agasajarla con gestos que sobrepasan el protocolo y están a caballo entre la complicidad y cierta trasnochada galantería, especialmente el rápido masaje que el presidente norteamericano regaló a la dignataria en la cumbre del G8 del pasado año en su espalda. En esta ocasión su reacción fue aun más evidente saltando de la silla y evitando la mano del anfitrión.

Parece que no se acostumbra la señora Merkel a las cortesías de sus iguales en sus reuniones, desde los besos en la mano del anterior presidente francés Jacques Chirac, que la ruborizaban, hasta los achuchones de su sucesor. Y la opinión pública se divide entre los que levantan una sonrisa maliciosa pensando: “más quisiera” o los que la justifican pensando que en el norte no hay costumbre de esos toqueteos políticamente correctos, y que estas muestras de cariño deben cesar por respeto a esos usos.

Pero pocos reclaman la que sería la fórmula correcta y que lleva milenios en vigor: el protocolo. Las estrictas reglas que un día mandaron en el mundo y que aun lo siguen haciendo en los círculos más exquisitos de la sociedad, no se pusieron por mero capricho ni demostración de poder, sino que se inventaron para que todos, vengan del país que vengan, del oficio o de la clase social a la que pertenezcan, se sientan cómodos en sus relaciones, acaben por obviarlas, y vayan a lo que realmente les ha convocado. Y lo que podría ser causa de conflicto –imagínense un abrazo de los propinados a Merkel en la persona de una mandataria islámica- puede resolverse con un simple vistazo al protocolo. Alguno me puede decir: ¿y lo bien que quedan algunos saltos de protocolo? Sí, son estupendos, pero hay que dejárselos a los expertos, como nuestro Rey que los borda y de los que los demás primeros mandatarios deberían aprender.
El Imparcial.  Todos los derechos reservados.  ®2021   |  www.elimparcial.es