5 de diciembre de 2019, 21:48:23
Opinion


Very Spain is very different

Martín-Miguel Rubio Esteban


Una vez más, varios millares de malnacidos no condenarán el horrible y cobarde asesinato perpetrado contra la persona de Ignacio Uría, en Azpeitia, el punto central de Guipúzcoa. Una vez más, después de mil veces más, esos malnacidos sentirán un monstruoso regocijo en su seco corazón. Un sentimiento patológico que sólo la impunidad culpable con que les deja el Gobierno hace posible. Porque en esta España de Zapatero cualquier cobarde de mierda puede asesinar casi gratis, y encima negociará con él el Gobierno poniendo mesa y mantel. ¿Qué más motivación puede tener un cobarde congénito?

¿Se imaginan por un momento que en la clásica Democracia Ateniense, tan vivídamente representada por Aristófanes, o presentida por los discursos de Lisias, Demóstenes, Isócrates o Esquines, o analizada por Platón, Jenofonte o Aristóteles, seguirían respirando y cachondeándose de la sociedad los amigos de un grupo de asesinos que no parase de asesinar a mansalva durante cuarenta años, sin haber sido arrojados al báratro desde mucho tiempo antes? ¿Se imaginan que durante la República Romana, expuesta por Tito Livio, estos cerdos cobardes seguirían manteniendo su cabeza de “sus scrofa” sin cortar, más allá de un consulado? ¿Se imaginan cuánto tiempo sobrevivirían los partidarios de una banda que hubiese cometido mil asesinatos en las ciudades demócratas de Nueva York o Chicago en la actualidad? ¿Y en Rusia? ¿Y en Alemania? ¿Y en Francia? ¿Y en Italia? ¿Y en Portugal? ¿Y en Polonia?

Pero vivimos en la España de Zapatero en donde cualquier cobarde de mierda puede asesinar casi gratis.

Hay quienes ven en el problema un asunto estrictamente político, cuando todo problema social lo puede llegar a ser, con la intención disculpatoria de que es un enquistamiento social al que hay que sajar sólo con medidas políticas. Pero no es cierto que esa base social persista por una naturaleza política sino por una enorme desidia y tolerancia criminal de los poderes ejecutivos y judiciales democráticos en hacer cumplir la ley. Hay desidia y tolerancia criminal de parte del Estado cuando se permite que en muchas ikastolas se inocule el veneno de un odio irracional a España, basado en una interpretación maníaca de la Historia. La libertad de cátedra no debe amparar en una democracia el odio a otros compatriotas, bien sea por credo, ideología, raza, sexo o región de nacimiento.

Hay desidia y tolerancia criminal de parte del Estado cuando se permite la entrada una y otra vez, después de mil experiencias siniestras, en las instituciones democráticas a los que jalean a asesinos cobardes. Hay desidia y tolerancia criminal por parte del Estado cuando se subvencionan aparentes asociaciones culturales, étnicas y antropológicas que no son más que semilleros de asesinos e instituciones que fundamentan y consagran la bondad de una pedagogía criminal, y hasta llegan a servir de soportes económicos para hacer posible los atentados. Hay desidia y tolerancia criminal por parte del Estado cuando no se disuelven los Ayuntamientos gobernados por los amigos de los asesinos cuando sí disuelve sin complejos un Ayuntamiento gobernado por ladrones. El sentido de la decencia aún nos señala que matar es aún peor que robar.

Y lo peor de todo es que los gobernantes ( de hoy y de antes ) han llegado a ver a las víctimas del terror como una catástrofe exterior a la vida humana insoslayable, observándola como un fenómeno atmosférico o desastre natural inevitable, ineluctable, ajeno a cualquier voluntad, fatídico.

El dolor continuado, como en las guerras prolongadas, nos cloroformiza, y nos ponemos a jugar al julepe sobre la barriga del cadáver de la última víctima.
Y hay quienes disparan y otras malignas mentes que interpretan siempre la tragedia en clave electoral, amoralmente.

Hay días en que España da asco, con perdón.
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