14 de diciembre de 2019, 18:33:19
Opinion


Lotería de Navidad: un país de envidiosos

Javier Cámara


La de la oficina, la del bar, la del estanco, la de la frutería, hasta en la farmacia vi el otro día que me ofrecían lotería para esta Navidad. Por todas partes, amigos, familia, incluso en las parroquias te enseñan el número para que una vez visto –aunque sólo sea la terminación– no te puedas negar a comprar por si toca.

Vivimos en un país de envidiosos. Todos deseamos nuestra suerte y la del vecino. El que diga que no, miente como un bellaco porque compramos la lotería de Navidad por envidia.

No podemos consentir, se nos revolverían las tripas, es más, casi moriríamos si le tocara “el gordo” a nuestro compañero de trabajo y a nosotros no. Sería absolutamente insoportable saber que tu compañero se ha comprado un coche, que así, de pronto, se marcha a disfrutar de un crucero, que ya no espera como agua de mayo la extra de julio o que, simplemente, ya no es tu compañero porque desapareció tras coger un buen “pellizco” en el sorteo extraordinario del 22 de diciembre.

Es así, tendríamos que irnos de España si supiéramos que en ese bar donde desayunas todos los días han “caído” varios millones y a ti no te ha tocado nada porque no compraste ese billete que estuvo fotocopiado y expuesto durante tres meses entre las botellas de anís y de coñac.

Y esto sin contar que lo más recomendable es ir a un psicólogo para que nos haga olvidar ese sentimiento de idiota que te perseguirá toda tu vida por no haber comprado a pesar de haber sido tentado. “Todo el mundo lleva”, “es el último que me queda” o “luego no digas que no te avisé” se convertirán en frases clavadas en un corazón que sólo se recuperará a golpe de terapia y psicoanálisis.

Además, socialmente quedaremos señalados permanentemente como ese “rácano” que no quiso gastarse 20 euros, que decía siempre “si nunca toca”. Maldito "por si". Casi inevitable resulta que por la cabeza nos cruce como un rayo ese pensamiento de “mira que si toca…” o “vamos a coger un número no sea que caiga justo por no comprar”.

Por eso compramos –España gasta más en lotería que en I+D– y compartimos, que estamos en crisis. Según un estudio del CIS, la mitad de los jugadores regulares compran su billete con otras personas. Este porcentaje se eleva hasta el 73% en Navidad.

Y digo yo: ¿por qué compramos tanta lotería en Navidad a pesar de saber que es casi imposible que nos toque? ¿Porque realmente pensamos que puede ser la solución para tapar esos agujeros que todo el mundo dice tener? ¿Por la ilusión de compartirla con familiares y amigos? ¿O nos empeñamos hasta las cejas por ese sentimiento tan humano como rastrero que es la envidia?

Así pues, nos encomendamos a santos, gatos negros, tréboles o herraduras, incluso a una bruja vestida de amarillo –todos ellos símbolos de la buena suerte– para salir de una crisis de la que este Gobierno sabemos que no nos va a sacar.

Mucha suerte y, si no, que tengamos buena salud. Ya saben, la excusa recurso de los envidiosos.
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