5 de julio de 2020, 9:36:30
Opinión


ETA y su entorno



A las pocas horas de que el Tribunal Supremo anulase las candidaturas de Askatasuna y D3M a los comicios vacos que tendrán lugar en marzo, ETA hacía estallar un coche bomba en Madrid. Por fortuna, no ha habido que lamentar daños personales, pero sí materiales, y cuantiosos. Podría pensarse que el objetivo singular era una de las empresas adjudicatarias de las obras ferroviarias de la conocida como “Y vasca”, pero es un hecho que, cuando el terrorismo golpea, lo hace contra todos. Sea como quiera, tiene razón el Ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, al afirmar que la bomba es la mejor demostración de lo acertado de la sentencia del Supremo. En todo caso, a ETA no le gustado que cercenen su brazo político a pocas semanas de las elecciones autonómicas vascas. Parte de su fuerza radica en tener presencia institucional; sin ella es más débil.

Tampoco ha gustado al PNV, quien por boca de Iñigo Urkullu se ha apresurado en defender el derecho de “parte de la sociedad vasca a ser representada”. ¿Sólo una parte? Lo que el señor Urkullu parece ignorar es el hecho central de que en el País Vasco no hay elecciones. Hay sólo votaciones porque falta la libertad de elegir, donde quienes representan aproximadamente la mitad del electorado vasco no pueden manifestar públicamente sus ideas sin ser escoltados y estar protegidos para no ser masacrados. Olvida el señor Urkullu que, en democracia, caben todo tipo de ideas, salvo las que no respetan los derechos humanos. Dichas ideas, si amparan comportamientos terroristas, se sitúan claramente fuera del ámbito legal, como así ha dictaminado la justicia en multitud de ocasiones. ETA no son sólo sus comandos, sino también aquellos que los justifican y quienes votan a éstos últimos. Claro que, por otro lado, al PNV tampoco le viene mal que se anulen las candidaturas abertzales. Algo de “voto útil” le llegará en préstamo. Pero ha de mantener las formas. Formas que, dicho sea de paso, amparan a quienes a su vez dan cobijo a las acciones de ETA, al mismo tiempo que se niegan a condenarlas. Y es que, por desgracia, aún hay demasiados puentes entre el terrorismo y el nacionalismo como para que el problema de la violencia tenga visos de solución a medio plazo. De ellos depende. Y de la totalidad de ciudadanos vascos que irán a las urnas el próximo mes de marzo. La solución, o gran parte de ella, está en sus manos.
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