24 de septiembre de 2021, 1:25:27
Opinión


El fabuloso reino del Preste Juan

Antonio Hualde


En 1165 Manuel I Comneno, emperador de Bizancio, recibió una extraña carta. En ella, un misterioso personaje que firmaba como “Preste Juan” glosaba las maravillas de su reino, al que llamaba “de las 3 Indias”. “Todos los días comen en nuestra mesa 12 archiduques sentados a nuestra derecha, y 20 obispos a nuestra izquierda. La mesa está repujada de esmeraldas, y la sostienen 4 columnas de amatista”. Este no es sino un párrafo del fabuloso relato al que el emperador bizantino declinó contestar. Sí lo hizo el papa Alejandro II, quien envió a su médico personal, Felipe de Tréveris, con un escrito dirigido a aquel misterioso soberano. Si llegó a entregarla o no se desconoce, pero el caso el que del tal Felipe nunca más se supo.

¿Qué era el reino del Preste Juan? A lo largo de la Edad Media, su leyenda corrió como la pólvora por todo el orbe cristiano. Aparte de riquezas, se hablaba también de su poder militar, ya fue él quien supuestamente habría derrotado a los musulmanes cerca de Samarkanda -actual Uzbekistán-. Hoy sabemos que tal batalla efectivamente se produjo, pero quien venció fue un caudillo de la tribu mongola de los Kitay –de aquí proviene el nombre de Catay, con el que se conocía antiguamente a China- de nombre Gurklan. Como puede verse, las similitudes son escasas. Pero hasta uno de los cronistas más ilustres de la época, el obispo alemán Otón de Freising, se hizo eco de su historia.

Sin embargo, fuera quien fuera el que redactó aquella carta, le hizo un gran servicio a la historia de la navegación, por un lado, y a la moral de los cruzados, por otro. Este último aspecto parece que era el deseado, ya que por aquellos tiempos, la Segunda Cruzada no iba muy bien. Las fortalezas de Gaza y Ascalón cayeron en manos sarracenas, y su mejor comandante, Saladino, infligiría a las tropas cristianas la humillante derrota de la batalla de los Cuernos de Hattin, patéticamente escenificada por Ridley Scott en “El Reino de los Cielos”. La desesperación entre los defensores de Jerusalén –que acabaría capitulando- era mayor cada día, y por eso necesitaban un incentivo que les diese esperanza. Qué mejor que las huestes del Preste Juan, que a buen seguro acudirían a socorrerles. No fue así. En todo caso, sería al revés, y tiempo después.

Sí, porque a finales del siglo XV, se llega a la conclusión de que el Preste Juan no es otro que el Negus -rey- de Etiopía. El propio Marco Polo lo había buscado infructuosamente por toda Asia, sin éxito. De ahí que se mirase hacia Africa. Claro que por aquel entonces, la parte explorada del continente estaba en manos musulmanas. Y lo que los cristianos querían era solicitar la ayuda del Preste Juan para atacar al sultán de Egipto. En vista de lo cual, decidieron dar un rodeo y circunvalar todo el continente hasta llegar al reino etíope. Fueron los portugueses, que una vez allí, se dieron cuenta de que era el Negus quien necesitaba ayuda en los ataques musulmanes de su frontera norte. No obstante, la leyenda del Preste Juan sirvió para coronar una de las rutas marítimas más importantes, y para cimentar la reputación portuguesa en materia naval.
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