27 de noviembre de 2020, 9:22:28
Opinión


Estamos tocando el fondo

Juan José Solozábal


Salen, con alguna frecuencia que quizás pueda extrañar, espero que no sorprender, al lector algunos curas en esta columna. Cuando hablo del País vasco es bien difícil obviarlos. Le pasaba a Caro Baroja cuya deuda intelectual con algunos de ellos era inevitable, y que reconocía que de sus enseñanzas había aprendido más antropología que en la propia Universidad. José de Arteche escudriñó el rigorismo del jansenismo de Saint Cyran, que fundó Port Royal y cuyas huellas quería ver en la intransigencia religiosa de tantos vascos. Sobre estas cosas he hablado, en realidad he preguntado, en alguna ocasión con Joseba Arregi y María Teresa Echenique, que me han contado, de un lado, la impronta que la disciplina del seminario podía dejar en la formación exigente de muchos jóvenes y, de otro, la profunda huella religiosa en el ambiente rural guipuzcoano de los años cincuenta y sesenta.

Para mí con cierta frecuencia los curas vascos son asimismo el testimonio de una voz más alta a quien nadie puede callar. Es el caso de don José Aristimuño, victima del bando franquista de la guerra civil. Son los retratados en esa foto venerable que conservo de curas nacionalistas que rodean en la cárcel de Carmona a Julián Besteiro. O el caso del obispo Añoveros, que en último momento del régimen anterior llega a amenazar con la excomunión al propio Franco.

Ya sé que hay otra Iglesia silente, que obscenamente juega a la equidistancia cuando se pide que el funeral por Enrique Casas sea oficiado en la Iglesia del Buen Pastor de San Sebastián o que escurre el bulto a la hora de denunciar la opresión y el miedo que muchos cristianos vascos han sentido durante estos largos tiempos de silencio. Se han acomodado a su conveniencia y a muchos nos escandalizan.
Pero propongo que los olvidemos y pensemos en quienes alzan la mano y con una energía que les honra levantan la voz y en un tono que no es directamente político, sino ético y profético, a la intemperie, evangélicamente me atrevería a decir, pensando en la sociedad y no en su conveniencia ni siquiera en su propia ideología, se limitan a decir lo que ven, tocando, esta vez sí el fondo.

Lo ha hecho con un tino impecable, con la serenidad que acostumbra, Rafael Aguirre, que ha sido decano de la facultad de teología de Deusto en un artículo que ayer publicaba el Correo abogando por un futuro posnacionalista, que yo también hago mío, “Mi sueño es modesto y posible para superar el decenio negro: que el País Vasco salga de una etapa de bloqueo y de maximalismos, que el empecinamiento y el parasitismo político no condicionen a un gobierno que debe ser de todos los vascos y debe prestigiar a unas instituciones democráticas combatidas por el abertzalismo totalitario, que cambiemos a una situación menos sectaria y solidaria con el conjunto de España y, sobre todo, en la que la memoria de las víctimas sea un referente político permanente y decisivo”.
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