16 de mayo de 2021, 14:48:05
Opinión


El mito de Al-Ándalus

José Manuel Cuenca Toribio


Quizá la distancia que separa el mito de la realidad sea menor que en otros ejemplos; pero aún así es grande. La cotidianidad de la España musulmana -aun la califal- estuvo muy lejos de residenciarse en el Paraíso. Las diferencias entre las tres poblaciones que la configuraron fueron siempre muy ostensibles, salvo periodos de extremas brevedad en tiempo y número. Imaginar otra cosa sería, en verdad, iluso y falso. Los seguidores de Mahoma detentaron en ella en todo momento un poder omnímodo y una supremacía absoluta. En todas las conquistas precedidas de invasiones la historia lo había registrado así y lo continuaría haciéndolo. Al fin y a la postre, es una de las muy escasas leyes que cabe –y con cautela…- dibujar en su trayectoria.

Habida cuenta de la situación internacional y española tan elemental aserto tiene que subrayarse antes de adentrarse en cualquier análisis o discusión acerca del tema. Tal vez, como quieren algunos estudiosos –en particular, los de las jóvenes generaciones-, las ardidas polémicas entre Sánchez Albornoz y Américo Castro –la de mayor fuste y brillantez sin duda de las entabladas en los medios historiográficos y literarios del siglo pasado- queden muy lejos; pero la decantación en los medios académicos más solventes de las tesis del autor de España, un enigma histórico resulta bien visible y verificable. Ganosos de popularidad o rendidos a las exigencias del mercado mediático, algunos escritores de indudable notoriedad escoltados de las plumas intonsas de aprendices de ensayistas y también –ha de reconocerse- de las eruditas de ciertos docentes, panderetean hasta el hartazgo la inexistente Córdoba de las tres religiones del Libro en amor y compaña… La propaganda –una propaganda de muy dilatada esfera y financiación-, la atmósfera reinante en ciertos salones culturales e instancias del Poder empujan a su favor; más la identidad y la memoria de un pueblo acaban indeficientemente por imponerse, aun en las coyunturas de fuerte impulso suicida, y la verdadera historia de Al-Andalus se proseguirá escribiendo conforme al modelo –en el Novecientos- de Ribera, Asín, García Gómez…, todos ellos muy sensibles a los “esplendores” de un al-Andalus que constituyó un largo periodo de su patria española, en el que la herencia y la aportación de los elementos autóctonos se revelaría de primer orden.

Es así, por lo demás, muy lógico que los logros y realizaciones más descollantes de dicha etapa exalten en el presente el recuerdo y la evocación del mundo islámico. Una civilización como la árabe, tan poco pródiga en su despliegue de los últimos seiscientos años en obras de significado o alcance universales, aspira hoy, muy comprensiblemente, a repristinar las glorias de aquélla etapa a fin de que su recuerdo se convierta en estímulo creador de bazas y virtualidades instaladas a la altura de los inicios del III Milenio, al que, a la fecha, sólo ha contribuido a sus fundamentos energéticos. Mientras más fecundante e inspirador sea este sentimiento de admiración y entrañamiento en los países del Islam más luminosos e imantadores serán probablemente los horizontes del futuro. En la España musulmana o en el Islam español -¿monta tanto, tanto monta?...- anidaron algunas de las semillas de las causas más enaltecedoras y justas perseguidas por la mujer y el hombre en su aventura terrestre. El intento de hacerlas florecer en nuestros días constituye, incuestionablemente, motivo de esperanza y apuesta por la condición humana.
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