13 de diciembre de 2019, 23:50:06
Opinion


En el aniversario del 11-M



Cunado se cumplen cinco años de los atentados terroristas de Atocha y El Pozo, da la impresión de que semejante atrocidad es una herida abierta que no ha acabado de cerrarse. No así judicialmente. Hay ya una sentencia, en lo que sin duda fue uno de los juicios más importantes de la historia de España. Ni estuvieron todos los que son, ni parece muy claro que fuesen todos los que están, pero en cualquier caso, la justicia actuó. Sigue habiendo demasiadas lagunas y puntos oscuros, que posiblemente no acabarán de clarificarse, al menos en nuestro tiempo.

Nadie que estuviese en España aquel 11 de marzo de 2004 puede permanecer indiferente al recordar aquellos días. Pocas veces se pudo percibir una sensación de pesar generalizado tan intensa. Aquel atentado golpeó directamente al corazón de todos los españoles, e impartió una serie de dolorosas lecciones que aún hoy siguen vigentes. A los que entonces gobernaban, les enseñó cómo no se tiene gestionar una crisis -con los atenuantes que supone enfrentarse en tan corto espacio de tiempo a un desastre de tal calibre- y cómo no se debe gobernar en función de cálculos electorales más o menos miserables, amén de equivocados. A los que aspiraban a gobernar -y que desde entonces gobiernan-, les mostró lo rentable electoralmente hablando que puede resultar manipular el dolor ajeno en beneficio propio y de ciertos medios radiofónicos. A buena parte de la opinión pública, lo ocurrido debiera haberles enseñado –a la luz de las amenazas e intentonas del terrorismo islamista que se han venido sucediendo hasta hoy- que la búsqueda de un culpable entre nosotros es un exorcismo judeo-cristiano, mucho más que una explicación racional de lo ocurrido. Pero sobre todo, la tragedia puso de manifiesto cómo el pueblo español al completo era capaz de hacer suyo el dolor de 192 familias que perdieron a sus seres queridos en aquellos malditos trenes. Todos perdimos algo aquel día. Esa es la verdadera enseñanza del 11-M.
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