12 de mayo de 2021, 7:01:11
Opinión


La tragedia del Yak 42



El accidente aéreo que en 2003 costó la vida a 62 militares españoles que regresaban de Afganistán vuelve a cobrar actualidad estos días. Se juzga en la Audiencia Nacional a tres mandos militares que participaron en la identificación de los cuerpos y su posterior traslado a España, acusados de falsedad en documento público. Es éste uno de los delitos para los que el Código Penal reserva una pena de cierta consideración y, en base a ello, los imputados en la causa pueden ser condenados a penas de prisión que superen los 4 años. Con todo, lo que realmente se juzga estos días es si hubo intencionalidad en la comisión del presunto delito de falsedad, o más bien todo se debió a la tremenda confusión del momento, en cuyo caso estaríamos ante una falta de negligencia.

De hecho, todas las circunstancias que rodearon el accidente constituyeron una flagrante negligencia en sí misma. Para empezar, la contratación de un avión como el Yak -42: había mejores compañías con mejores aparatos, o al menos, con mayores garantías. Sería demagógico aventurar que por ahorrar costes se perdieron vidas; pero lo cierto es que ese convencimiento es el que albergan muchos de los familiares de las víctimas, no sin cierta razón. Además, todo se hizo deprisa y corriendo. En el orden de prioridades quedó en segundo lugar la correcta identificación de los restos; lo importante entonces era traerlos cuanto antes a España. No fue así. El responsable de todo ello fue el entonces ministro de Defensa, Federico Trillo, a quien le incomodaba la posibilidad de que todo aquello pudiera dilatarse en el tiempo. Ese fue su error. Si desde un primer momento el Gobierno hubiese dado orden de identificar sin ningún género de duda los restos de los militares españoles antes de su traslado, nada de esto habría sucedido. Puede que los forenses turcos no hiciesen bien su trabajo y que las condiciones climatológicas de la zona no ayudasen, pero es un hecho que la actuación de la administración española fue manifiestamente mejorable. Cosa bien distinta es que por tamaño despropósito político tres mandos militares se enfrenten a penas de cárcel. En cualquier caso, nada de lo que estos días se diga en la Audiencia Nacional devolverá la vida a los 62 fallecidos. Ojalá su muerte no haya sido en vano y, a partir de ahora, las cosas se hagan con más orden y mejor sentido. En todos sus aspectos.
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