27 de septiembre de 2021, 8:28:54
Opinión


Carta a EL IMPARCIAL



Muy señores míos,

Desde hace aproximadamente una semana, en la columna que escribe el Señor Anson, se ha sugerido que estoy directamente en comunicación con el Presidente Zapatero, que ejerzo cierto control sobre sus políticas generales, y que he sido el instigador de cambios específicos en su política económica y en otras áreas. ¡Vaya fantasía! Y algunas veces la fantasía se materializa en desfiguraciones de la realidad totalmente inverosímiles, por ejemplo en la sugerencia que he abogado por la eliminación de la enseñanza del español en Cataluña.

La verdad es que me he reunido en privado con el Presidente Zapatero solamente en tres ocasiones. Dos reuniones eran muy breves y la otra, en junio de 2006, era para una entrevista que había solicitado para preparar mi informe del 2007 sobre su gobierno en referencia a su firmeza a los principios cívico-republicanos. Aparte de figurar entre las 14 personalidades extranjeras a quienes les otorgaron la oportunidad de comentar sobre el manifiesto del PSOE, no mantengo ningún contacto con él ni con el partido que lidera. Además, solamente acepté figurar entre las 14 personas elegidas cuando mi informe sobre su gobierno estuviera terminado y en imprenta; de no ser así, se hubiera producido un conflicto de interés.

Todo eso consta públicamente en mi reciente libro "Examen a Zapatero" (Temas de Hoy 2008). El libro deja claro que el Presidente me invitó en 2004 a dar una conferencia sobre la propuesta cívico-republicana para hacer constar sus compromisos públicamente, en un espíritu democrático, y que fue a continuación de esta conferencia que el Presidente me invitó a preparar el informe sobre su gobierno. Parece que el Señor Anson cree que mi relación con el Presidente tiene que ser una de intriga y de influencia entre bastidores. ¿Es éste el único modelo de cómo puede relacionarse una figura política con alguien del mundo académico que le entra en la imaginación? De ser así, sería un triste comentario sobre sus cínicas ideas preconcebidas de la política. En este caso por lo menos, la realidad no se rebaja a reflejar sus distorsionadas previsiones.

Atentamente,
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