26 de abril de 2019, 2:12:31
Opinion


Nacionalismo Vasco: no es una repetición al revés

Juan José Solozábal


Aunque no tanto como muestra, al nacionalismo vasco le cuesta aceptar la fluidez del momento político. Esto es, la facilidad con que una sociedad puede abandonar un molde político, de la consistencia y reciedad del pasado, y abrirse con confiada alegría ante una fórmula por estrenar y como tal no exenta de dificultades e incertidumbres. Propongo dos reflexiones que quizás puedan ayudar a comprender la facilidad y serenidad con que van, para pasmo de incautos, cumpliéndose los tiempos del cambio.

En primer lugar una palabra más sobre lo insoportable del argumentarío agónico del nacionalismo. La épica linda con el ridículo en una época en que los escenarios heroicos aparecen como impostación y decorado. Nadie nos persigue, ni nos ningunea o margina. No estamos para la tensión, el esfuerzo permanente , el desasosiego y la zozobra. No son tiempos de fundación ni de identidades amenazadas. Disponemos, antes bien, de todos los instrumentos para poder ser como queremos en una comunidad que aprecia nuestra diferencia, hasta el punto de asumirla en la propia Constitución, y dotarnos de oportunidades de ejercer como nadie el autogobierno.

Al nacionalismo le costará admitirlo, pero la sociedad vasca agradecerá ser liberada de la obsesión identitaria y disponer de más espacio para dedicar su atención, especialmente en tiempos de crisis como estos, a los asuntos normales, a los que tienen que ver no con nuestra felicidad política sino con las necesidades terrenales de los ciudadanos.

En segundo lugar, Joseba Arregi lo acaba de decir con la lucidez que acostumbra, lo que está pasando en estos momentos en la sociedad vasca es sencillamente que está funcionando el marco institucional estatutario, asegurando sin problema alguno la alternancia política. Ese marco que el nacionalismo más rancio cuestionaba, con su anclaje constitucional, y su indudable legitimidad democrática, asegura sólidamente el edificio del autogobierno vasco. Ibarretxe creía que el sistema era débil, que urgía sustituirlo por un proyecto colgado exclusivamente de la voluntad a establecer plebiscitariamente en un momento de decisión. Se equivocaba, como se ha equivocado al no entender que la condición parlamentaria del gobierno le impide con tanta legitimidad como contundencia seguir al frente del ejecutivo, aunque su partido político fuese el más votado.

También se equivocará el nacionalismo vasco si piensa que en Euskadi no hay espacio suficiente para una labor de gobierno que no sea de estricta obediencia partidista. Populares y socialistas discrepan en muchas cosas, pero coinciden en la necesidad de llevar a cabo un esfuerzo de restauración constitucional en el País Vasco. El restablecimiento de un terreno que permita el juego político a todos, comenzando por los nacionalistas, es un empeño que merece la pena intentar. Se sabe perfectamente lo que es el frenetismo, la marginación y la imposición. Aunque el nacionalismo no se lo crea, o finja no creerlo, estamos en un tiempo nuevo, no en la segunda parte del mismo partido. Ya lo verá.
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