20 de noviembre de 2019, 15:34:08
Opinion


Gallardón Manostijeras

Alicia Huerta


Demasiado romántico, quizás, el personaje de Eduardo Manostijeras, ese joven solitario e ingenuo creado por Tim Burton, que con el filo de navaja de sus manos tallaba febrilmente esculturas a partir de los arbustos y de las plantas, como para compararle con el alcalde de Madrid cuando se encuentra con árboles en el sagrado camino de sus obras. Muchos me dirán, con razón, que su actitud se asemeja bastante más a la del sangriento “Leatherface”, el protagonista de “La matanza de Texas”, que andaba de acá para allá armado con una ruidosa sierra mecánica.

En todo caso, los árboles de Madrid tiemblan. Están aterrorizados. Saben ya, que si no pertenecen al elitista club del Paseo de Recoletos, esos afortunados con carné del Thyssen a los que salvó Tita Cervera encadenándose al tronco más vistoso y cercano a su museo, corren serio peligro de acabar muy mal. Tan mal como los de la calle Serrano, plátanos de sombra de más de cuarenta años, talados sin contemplaciones o podados con saña para que, al final, acaben muriendo y no den el coñazo mientras se ejecutan las obras de la zona. Simples daños colaterales.

Y es que eso del medioambiente a los del Ayuntamiento madrileño les suena, más que nada, a problema, y un buen gestor lo que tiene que hacer con los problemas es, precisamente, cortarlos de raíz. Asegura la oposición que desde la llegada de Ruiz-Gallardón se han talado 60.000 árboles en Madrid. Muchos me parecen a mí, pero lo que está claro es que no es la primera vez que el alcalde madrileño demuestra lo poco que valora esos dichosos armatostes de ramas y hojas a los que no puede trasladar, igual que al resto de mobiliario urbano, sin que le den la bronca los ecologistas y, ahora, hasta los que nunca lo han sido ni lo serán. Pero es que para todo hay un límite. Acabó con las acacias que tanto molestaban para las obras de la M-30, arrampló con muchos ejemplares de la Avenida de Portugal y de la Alameda de Osuna y no se ha achantado con los de la emblemática calle Serrano, por más que los vecinos, en su mayoría votantes del PP, se hayan echado las manos a la cabeza.

A la Consejería de Medio Ambiente de la Comunidad no le ha quedado más remedio que intervenir y la multa que podría caerle al Consistorio no va a ser baratita. Hasta 3 millones de euros podría costarle al alcalde el último arboricidio madrileño. Pero, en realidad, para el Ayuntamiento más endeudado de España: ¿qué es una raya más para un tigre? Se paga y a seguir con las zanjas. Y al que haga ruido se le acusa de populismo, como acaba de hacer la delegada de Urbanismo, Pilar Martínez, quien, visiblemente molesta con la Comunidad, ha afirmado que: “No es el momento de hacer populismo por un plátano que no es singular”. No, claro, no es el momento. Total, los árboles ya están cortados.


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