26 de enero de 2021, 3:04:41
Opinión


La pasión según el toreo

Pedro J. Cáceres


Domingo de Resurrección. Aberri Eguna en Euzkadi, y en Sevilla en busca (y captura) de un sucedáneo para el “A Curri Eguna” de cerca de 40 años en que la figura de Curro Romero era el ariete sobre el que giraba fecha tan emblemática y el torero en Sevilla. Era la resurrección del mito de forma secuencial, luego el devenir de cada temporada marcada con luces y sombras entraba en la cotidianeidad, asunto orillado en la mitología. Día de la patria currista, y sevillana, huérfano de iconoclastia desde el día en que Curro se retiró, o le invitaron. Desde Resurrección de 2001 Sevilla ha ido universalizando su ilustre apertura de temporada sin atender ni a sucedáneos de “currismo” ni totalitarismos “curritos”. Hasta hoy.

Curiosamente ésta reedición, remedo, del “A Curri Eguna”, en busca de la sevillanía y otorgar trono a un regente ( no se vislumbra ni heredero, ni siquiera delfín, del Faraón) era la más apropiada para coronar el proceso de “universalización” de la corrida más importante del año, sobre el papel: la vuelta de José Tomás (que abrió la Puerta del Príncipe en 2001) en duelo con su reventador –y del 99% del escalafón- del 2008.. Sin embargo, inspirado en las nuevas técnicas deportivas de los play-off, pues serán cinco los encuentros en La Maestranza que tendrán, a lo largo de la temporada, Morante y El Cid, pierde su carácter hegemónico otrora para no dejar de ser unas primarias, locales, en que la tercera vía (Manzanares) podría ser el “maketo” que aguara la fiesta de Pascua y el día de la patria taurina “seviyí” tal como un tal López o Basagoiti han entristecido el Aberri Eguna perdedor del totalitarismo (¿de baja intensidad?) de vascas y vascos.

En esta época de crisis, el torero se vive con pasión. Pasión en Francia, donde desde el viernes, y si la lluvia no lo impide, se fusionan, en pocas horas, los tronos de imaginería con toreros en hombros, incluso hasta el lunes.

En un Madrid frustrado por la imposibilidad de pasear, en silencio y con la más profunda de las devociones, al Cristo de Medinaceli, llegan al domingo de Resurrección con la ilusión de llevar en volandas, por la calle de Alcalá a Alejandro Talavante, que como los cristianos en tiempos difíciles se reta así mismo, cual “gladaitor” en el circo romano de mayor compromiso y solo ante el peligro de seis fieras y veintitrés mil centuriones del integrismo taurino del que destacan por su dureza un sanedrín de no mucha alcurnia ni nobleza, sin que falte mucho escriba y la correspondiente legión de fariseos.

Y pasión en Málaga en torno a la tauromaquia como colofón a su Semana Santa. La hubo, pagana –hasta decir basta- con un invento que pretendía homenajear a Picasso y que consistió en vestir a una terna medio-mediática con trajes más o menos goyescos renacentistas y llegar a la Malagueta con vehículos de gasógeno. A partir de ahí, el oscuro objeto de deseo: llenar la plaza con los teloneros del “gran paso” del domingo y hacer caja compensatoria. Frivolizar con la televisión más enemiga de la tauromaquia y de los toreros y que dándose golpes de pecho –a guisa de penitencia- dijo apostar por “los toros” en su asalto a La Malagueta, como plató de exteriores, un sábado santo de frágil programación convencional.

La pasión, en estado puro, llegó con los “exiliados” de Sevilla, José Tomás y Miguel Ángel Perera para reivindicar que su plaza es de primera; no por una decisión administrativa ante la duda de equipara a Córdoba como segunda, si no por méritos propios. Aunque solo sea por poner en valor “el derecho de acogida” de dos grandes figuras ante la vuelta al ombligismo de Sevilla por Pascua en el que la ideología patriótica de “productos nacionales” se mezcla con la crisis en aras de abaratar costos con la venta a granel cuando el “toreo” siempre fue al detalle.

Es otra pasión en los toros: las perras.

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