28 de julio de 2021, 0:24:54
Opinión


En Memoria de Carlos Semprún

Luis Racionero


He leído pocas referencias al tránsito de este ilustre intelectual y, dado que tuve el placer de conocerle, me gustaría contar algo de él. Que fue nieto de don Antonio Maura, como su hermano Jorge, es el primer dato para entenderle, así como el hecho de que viviera en Francia, exiliado, desde 1936. Si su hermano fue comunista toda la vida, él pasó a ser ácrata y acabó muy crítico con la izquierda. Digamos que si Jorge Semprún fue el jesuíta, Carlos fue el franciscano. El uno entró en el gobierno de España, el otro en la redacción de El Viejo Topo.

Le conocí en los 70 en París, donde me presentó a Maurice Girodias y me estuvo preguntando por los artículos de Ajoblanco. Era un hombre elegante, reposado, de aspecto alemán, casi lituano, que sólo se alteraba por las ideas, que comentaba a veces con vehemencia.

Le seguí viendo con intermitencias hasta que, al llegar yo al Colegio de España en París en 1996, nos reuníamos semanalmente a almorzar en un chino cerca del Odeón. Para entonces él ya estaba más allá del bien y del mal intelectual y había escrito contra Sartre, piedra de toque para distinguir los intelectuales sin prejuicios de los que se atienen a las modas, como Henry-Levi, sin ir más lejos.

Mi recuerdo es el de una buena persona, que buscaba la verdad y la decía como sorprendido de que muchos otros no lo tuvieran tan claro como él. Pero para eso hay que ser una persona libre. Eso es lo que más me gustaba de él. Y aquella voz gangosa, los ojos azules maliciosos lanzando dardos certeros contra esto y aquello. Un intelectual, esa especie en extinción.
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