21 de junio de 2021, 14:42:23
Opinión


Ortega Munilla, cibernauta

Margarita Márquez


Vuelven Los Lunes de El Imparcial. El buque insignia de la casa periodística de los Gasset despereza su cabecera y estrena canal. Cambia la textura del papel y la tinta y el ruido de la rotativa por lo intangible de lo virtual y la enloquecida velocidad de la red de redes. Ya no viajará la madrugada de los domingos en los trenes a provincias ni será voceado por las calles madrileñas, sino que serán las adsl, las wifis y los portales las que desplacen sus contenidos hasta los móviles o los portátiles de cada lector, allá donde se encuentre, de cualquier rincón del mundo.

Aquella hojita extra con la que tímidamente inició el diario liberal su aportación al mundo de las letras en abril de 1874 daba cuenta de la novedad poética, del nuevo libro del gran escritor, cedía su espacio al ensayista novel o avanzaba una nueva entrega de la novela que cada semana entretenía a sus apasionados lectores. Abría su primer número un interesante artículo de fondo firmado por uno de los más afamados narradores del momento, José de Castro y Serrano. El buen olfato de sus primeros directores, Fernanflor en los primeros cinco años y, sobre todo, José Ortega Munilla los siguientes veintisiete, convirtieron este suplemento en el referente principal de la literatura de la época: para ser alguien en el mundo de la literatura en la España de la Restauración se hacía necesario figurar en la lista de colaboradores, o al menos de los reseñados, en “Los Lunes”.

Basta repasar los índices de los autores que desfilaron por sus páginas para desgranar los nombres más consagrados de nuestras letras. En sus inicios fueron habituales la condesa de Pardo Bazán, Ramón de Campoamor, Manuel del Palacio. A ellos se sumaron a principios de siglo los no menos recordados Miguel de Unamuno, Jacinto Benavente, José Martínez Ruiz (Azorín), Manuel Bueno, Ramiro de Maeztu o Ramón Pérez de Ayala. En 1904 fue José Ortega y Gasset quien inició sus colaboraciones en el periódico familiar. En el espacio para las críticas Juan Valera contó con su “Tribuna” y Clarín con sus “Paliques” y las crónicas más reclamadas sin duda fueron las “Chácharas” de Mariano de Cavia. No sólo se abundaba en las letras españolas, eran también habitual el interés por la literatura extranjera: Pío Baroja escribió sobre Gorki y Luis Bello sobre Daudet. La creación también tuvo un hueco en estos Lunes que se encontraban en las últimas planas de El Imparcial: mucha poesía y el folletín, donde se dieron a conocer por primera vez y por entregas títulos como las Sonatas de Valle Inclán o Juanita la Larga de Valera.

Tras su aparición, muchos periódicos emularon al suplemento literario. El Liberal, El País, La Correspondencia de España o El Globo siguieron la fórmula y, si bien consiguieron también buenas firmas y éxito considerable, ninguno alcanzó la excelencia de Los Lunes que supo imprimirle José Ortega Munilla.

Con una coincidencia exacta en día y mes vuelve este nuevo Imparcial a dar vida a sus queridos Lunes. La filosofía es la misma: buscar la mejor literatura y ofrecérsela al público a través de los ojos de los mejores. Cambia eso sí, el canal. Son los tiempos que ofrecen nuevos modos de abrirse camino. En 1875 El Imparcial y Los Lunes –con apenas unos meses de rodaje- apostaron por la más alta tecnología comprando la mejor rotativa del mundo, la Walter, estrenada apenas unos años antes por The Times. Si la tecnología lo hubiera permitido José Ortega Munilla hubiera sido sin duda cibernauta. O más aún: un verdadero webmaster.
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