14 de octubre de 2019, 13:09:54
Opinion


Primavera de toros en Brihuega

José Suárez-Inclán


Viene uno de las corridas de Pascua de Andalucía, con el trigo en oleadas espesas, glaucas, ya casi espigado, el grano gordo, de primavera en sazón, y ve el tenue verdear de estos pegujales, tiñendo apenas los sembrados, entre barbechos y restos descoloridos de rastrojos, bajo nubes severas, las montañas grises con las crestas blancas de las sierras centrales al fondo, y le cuesta creer que va camino de la plaza, a la llamada Corrida de Primavera de Brihuega. No hay hojas todavía en los robles y rebollos, que alzan, ascéticos, las ramas mondas por encinares y carrascales; amenaza lluvia, huele un poco a invierno, cuando, tras las naves que anuncian pavimentos, termoarcillas y materiales de construcción, aparecen de pronto, sosegadas, las piedras frías y claras de Brihuega.

Hace un par de años hice para el diario El País la crónica de esta corrida de primavera. También con esta amenaza de nubes, también con Ponce, también con Cayetano. Busqué un sitio cercano y tranquilo desde el que escribir y mandar la gacetilla —los bares echaban humo, los cafés estallaban, locutorios no había— y encontré, a pocos metros de La Muralla, el lugar ideal. Unos viejos miraban pasar a turistas y aficionados tras los cristales con barrotes de una puerta inserta en marco de piedra. Sobre ella, un cartelón: “Residencia Virgen de Fátima”; a la derecha, una placa: “Mensajeros de la Paz. Fundación del Padre Ángel”; bajo ella, con esmerada caligrafía, un lema: “Feliz quien ama y se deja amar”. Miré hacia el pasillo entre los ancianos agolpados y llamé al timbre. Superados los recelos de la cuidadora de bata blanca, la dejé el portátil y convine en acudir en cuanto terminara la corrida. Seguía aún sobre la arena Cayetano en hombros cuando yo ya buscaba, agitado, el timbre del asilo. No hizo falta: los viejos, en excitado tropel, esperaban con la puerta abierta: “¿Habío orejas, habío orejas”? “A ver, Herminio, dejad pasar al señor” —ordenaba la cuidadora, satisfecha y segura en su misión— “si no estamos tranquilos, nos vamos todos a la cama, ¿entendido?, que este señor tendrá que trabajar”. “¿Pero, habío orejas”? Me subieron a una habitación arriba, una especie de saloncito con una mesa larga de madera muy barnizada y sillas a juego. Habían apartado una mesita, con un flexo, y sobre ella descansaba el portátil ya abierto. Escribí la crónica bajo la atenta mirada de la encargada y el pelotón de asilados tras ella. Pedía silencio de vez en cuando, pero daba igual. “Uy, —dijo la enfermera, leyendo una frase— pero qué cosas dice de nuestro pueblo. Si parece usted hasta poeta.” Cuando terminé la crónica, y pese a las llamadas histéricas que llegaban al móvil desde la redacción, hube de someterla a la aprobación general: las cuidadoras la leían a la par en alto y los abuelos escuchaban en silencio. “¿Entonces, habío orejas”? —concluyó Herminio.

Hubo entonces orejas, como las hubo el sábado pasado, pero los años no pasan en balde. A veces, para bien; a veces no. Hace dos años, en esta misma plaza de piedra, fue la primera vez —en su segundo toro, anocheciendo casi— que vi a Cayetano desprenderse del enorme peso que, en sucesivas capas, envolvía su toreo (Ordóñez, Rivera, Vázquez…) y componer con aroma propio. Hizo lo más difícil Cayetano: mostrarse como es, sacar su toreo al aire, al aire castellano de la Alcarria, de aromas secos, de dulzuras agrestes, misteriosas; de tomillos, romeros y ajedreas. Dos meses después culminaría este encuentro consigo mismo en Barcelona, asombrando a devotos e incrédulos, el día que volvió José Tomás. Al año siguiente confirmó en Las Ventas, cortó una oreja y ganó la respetabilidad del respetable. Ahora vacila menos, su estilo y su concepto se han solidificado, su estética rondeña nos trae sabores densos y exquisitos, pero el arrojo, imprescindible en quien escala las cumbres del toreo, atraviesa por peligrosas turbiedades. Percances dolorosos, temporada de diseño, derechos televisivos, dirección profesional cuidada, que no excluye cierta proyección extrataurina, le han apartado de Madrid y de Sevilla, las plazas doradas de esta fiesta. Y ayer en Brihuega, mientras dibujaba carteles al atardecer, nubes negras contemplaban su toreo de primavera.

Ponce, sin embargo, sazonado al límite, figura ya mítica, pulido y puliendo, disfrutando y esencializando sus faenas, sigue compitiendo como un novillero. Aunque su magisterio vaya transformando el diseño caligráfico en trazos más sentidos. Dominó hasta el hipnotismo a un cuarto complicado y reservón y aún acudió al desafío de una voz que le gritó: “ahora, de frente”. Dominio, estética o arrojo. ¿Cuál de los tres factores le mantienen como máxima figura? Con que uno sobrase, no lo sería. Cuidado Cayetano.

Franciso Rivera, cualidades atléticas y desenfado populista, armó un jaleo de brindis femeninos. No le vendría mal pasear unos días por los altos de piedra gótica de Brihuega, escuchar las fuentes, ver temblar el tilo en la plaza de Herradores y abrirse las hojas de los plátanos de la alameda; sentarse en el lavadero, mirar el valle y escuchar el viento en los chopos que custodian el rumor cansado del Tajuña. Le sería fundamental si quiere seguir siendo torero.

También algo ha cambiado en el asilo. Al parecer ya no es cosa del Padre Ángel. Otro cartelón, algo ostentoso, anuncia: “Seguridad Social. Residencia de Mayores. Centro Concertado. Junta de Comunidades de Castilla La Mancha”. Caramba, qué de cosas. Sean bienvenidas.
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