14 de diciembre de 2019, 18:36:52
Opinion


La hora de Europa

Javier Zamora Bonilla


En poco más de un mes habrá elecciones para elegir a nuestros representantes en el Parlamento europeo. No suelen las campañas previas a éstas conseguir la movilización de los ciudadanos hacia las urnas, por lo que es normal que se den porcentajes de abstención por encima del 30 o incluso del 40%. En las democracias, que más de un tercio de la población no muestre interés en participar en la vida pública es un claro síntoma de que algo no se está haciendo bien.

Los gobernantes de cada país no han sabido trasladar a la ciudadanía la importancia que en términos históricos supone la construcción de la Unión Europea. Los varios proyectos que se promovieron después de la Primea Guerra Mundial resultaron baldíos y sólo tras el gran fracaso colectivo que fue la Segunda Guerra Mundial, la cual tiñó de destrucción y sangre esta gran península del continente asiático, fue posible iniciar el camino hacia la construcción de una organización unitaria, primero económica y limitada a un pequeño grupo de Estados, y luego progresivamente abierta al conjunto de países del Viejo Continente y cada vez con un más acusado perfil político.

Pero tras la unión monetaria -la llegada del euro, cuya importancia todavía no hemos calibrado en su justa medida- y la incorporación de aquellos países del este europeo que habían quedado bajo la órbita soviética, la ilusión por la construcción de una auténtica unión federal se ha diluido. La negativa de varios Estados a ratificar el tratado constitucional, el constante miedo de algunos países a perder sus señas de identidad y el perfil bajo que sigue mostrando la Unión en la mayoría de las cuestiones internacionales han acentuado todavía más esta parálisis europeísta. Y no es que la Unión no funcione.

Es ya una gran burocracia con una inercia que permite un movimiento continuo sin que apenas hagan falta nuevos empujes, pero de la inercia no se puede vivir eternamente y ha llegado nuevamente la hora de Europa, la hora en que los ciudadanos europeos decidamos si queremos ir de verdad a una unión política.

En la campaña no se tratarán los grandes temas que afectan a la Unión sino que la lucha electoral se planteará una vez más en términos nacionales. En algunos países como en España, donde los Gobiernos aparecen desgastados por la crisis económica, las elecciones quizá se conviertan en una especie de reválida o en un voto de castigo al Gobierno de turno, y esto podría traducirse en una mayor participación ciudadana, pero también es posible que el desencanto hacia la política, la falta de confianza en que ésta pueda ofrecer verdaderas soluciones a las cuestiones personales que provocan el paro, la falta de ingresos o la insuficiencia de los mismos para pagar las hipotecas, mantener a los hijos, etc., etc., se vean reflejados finalmente en una mayor astenia electoral.

En el fondo, muchos ciudadanos europeos no acaban de saber cómo las políticas de la Unión influyen en su vida diaria, porque la inmensa mayoría de líderes políticos siguen bajo los principios de un nacionalismo obtuso incapaz de ver más allá de sus propias fronteras. Europa, la palabra “Europa”, para muchos gobernantes ha sido una especie de talismán con el que exorcizar los malos espíritus de sus políticas nacionales. Cuando han tenido que tomar medidas drásticas que podían tener un coste político, todos los líderes han sacado a pasear el fantasma de Europa como el culpable de sus “obligadas” actuaciones, mientras que pocos han resaltado el verdadero valor añadido que Europa sumaba a sus políticas. La presidencia checa del Consejo es un claro ejemplo de esta contradicción en que Europa vive.

La sinergia europea no se ha puesto en valor y, por eso, la Unión necesita un nuevo impulso. Los próximos meses tras las elecciones pueden ser un buen momento para incentivar una unión federal. Se sucederán en la presidencia Bélgica, España y Hungría. Uno de los países fundadores, uno de los países en los que el europeísmo está más vivo y uno de los recién llegados pero con una historia central en el Continente. La presidencia española durante el primer semestre del próximo año puede ser un buen momento, porque España es uno de los países en los que la idea de Europa tiene todavía cierto vigor. Muchos ciudadanos son conscientes de que el maravilloso desarrollo español del último cuarto de siglo (incluso se puede extender más atrás) está indisolublemente ligado a las políticas europeas. Es hora de cambiar el chip. Ya no se puede sólo asociar Europa a las ayudas agrarias o a la construcción de infraestructuras, sino que hay que ser conscientes de las ventajas y potencialidades que ofrece un mercado único y las políticas comunes cada vez en más materias, pero bajo la premisa de la necesaria transformación del patrón económico.

Si el núcleo duro de la Unión decide tirar hacia delante en la construcción de un verdadero federalismo, que permita transformar la Comisión en un auténtico Gobierno nacido del Parlamento, y se hacen visibles algunas políticas ciertamente europeas en materias sociales, económicas, de seguridad, etc., el resto de países no se podrán negar a ir por esta vía. Países como Francia y Gran Bretaña tienen grandes responsabilidades en que este camino no se emprenda y sus líderes deberían pensarse si no ha llegado el momento de tener, por ejemplo, un ejército europeo con capacidad de intervención rápida en los grandes conflictos internacionales y en las grandes catástrofes humanas, si no ha llegado el momento de que Europa actúe con una única voz en los organismos internacionales, si no ha llegado el momento de crear grandes fondos que permitan afrontar situaciones de crisis como la actual y dar una respuesta no sólo económica sino también social a las mismas, si no ha llegado la hora de Europa.

Pero esa hora de Europa no será triunfal si no somos capaces de hacer ver a los ciudadanos que hay una cultura europea, que nuestros pueblos viven bajo unos mismos principios, los cuales se han ido fraguando durante largos siglos de historia común, y que esos principios no son ninguna amenaza par las identidades culturales particulares ni para los pueblos no europeos. La Unión debería fomentar grandes exposiciones en las que esos valores europeos quedasen reflejados a través del arte y de la literatura, de la filosofía y de la historia, y en paralelo debería impulsar la edición de libros que mostrasen como los distintos pueblos europeos han vivido conectados espiritualmente, sin perjuicio de que en esos libros se destacara también la trágica historia de enfrentamientos y guerras entre estos mismos pueblos, pues esa trágica historia es asimismo una de las bases de la Unión... para no repetirla. Libros que lleguen a todos los colegios y que sean accesibles a todos los ciudadanos. La televisión e internet deben ser también canales para difundir esta común cultura europea con el objetivo de que en dos o tres generaciones más de la mitad de la población sea por lo menos capaz de leer en tres o cuatro lenguas europeas.
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