28 de septiembre de 2021, 15:01:56
Opinión


La gran tentación

Víctor Morales Lezcano


Quien suscribe estas líneas publicó en los años 70 (siglo XX, claro está), un libro y algunos artículos centrados en la neutralidad-no beligerancia que Franco decretó entre septiembre de 1939 y aproximadamente tres años después. O sea, que la España del 40-42 quedó emparedada por la no beligerancia de marras, que Mussolini se había inventado y que algunas cancillerías estimaban como si se tratara de una pre-beligerancia con la que la potencia de turno anunciaba su intención de entrar en guerra en la circunstancia más conveniente para ella. Más o menos así la orientó subrepticiamente Serrano Súñer al principio de su paso por Asuntos Exteriores.


A lo que muestran ciertos documentos ya publicados, Franco y el entorno africanista de los generales Asensio, Vigón, Kindelán e inicialmente el coronel Beigbeder alentaron la expansión española en Marruecos en detrimento de la III República francesa invadida y sometida por la Wehrmacht entre mayo-junio de 1940.


No menos sabido es que antes y después del encuentro de Hitler con Franco en la fronteriza ciudad vasca de Hendaya, el General puso condiciones a la petición alemana de una participación española en el conflicto armado; en concreto, en aguas del estrecho de Gibraltar, con vistas a anular la presencia británica en punto tan neurálgico como ha sido -y lo es- la Roca. Que por temor a una sublevación de elementos pro de Gaulle en las posesiones coloniales del Magreb y en Dakar, Hitler no pudo complacer a Franco en su delirio africanista; y que éste, a través de Serrano durante sus repetidas visitas a Berlín y Berchtesgarden durante el otoño de 1940, hizo llegar al Führer -encubiertamente- una táctica dilatoria "rehogada" con bastante habilidad, tampoco es algo que desconozcamos.


Sin embargo, en la última monografía del historiador Manuel Ros Agudo (La gran tentación. Franco, el imperio colonial y los planes de intervención en la segunda guerra mundial. Styria ed., 2008), todo el entresijo de la diplomacia en tiempos de guerra, vuelve a estar bien narrado, y, además, con puntualizaciones frescas como es la directiva del Alto Estado Mayor para una invasión de Portugal (en detrimento de una ofensiva británica en la Península) en fecha de diciembre de 1940.


El episodio ha hecho derramar alguna tinta a Viñas, Marquina y Tusell, entre otros. El peso de la complicidad intencional de Franco por entrar en la guerra a cambio de algunos trofeos compensatorios, seguiría siendo un baldón para el Régimen en la posguerra; aunque la frecuente amoralidad con que se resuelven algunas tramas de la Historia, ha llevado a que J. Varela Ortega escribiera: "no deja de ser casi una mueca irónica de la historia que la Monarquía liberal y la República democrática impusieran una política internacional neutralista, a pesar de sus simpatías ideológicas por los aliados (franceses y británicos), y tuviera que ser Franco, que los odiaba y envidiaba, quien insertara a España, aunque fuera a hurtadillas, en el dispositivo multiforme de cooperación y defensa occidentales".


Quizá me disponga en otra ocasión a contar alguna revelación sobre los "posicionamientos" de ciertos círculos nacionalistas de Marruecos con respecto de Franco, de la guerra civil, y del futuro Nuevo Orden con el que soñaban tantos simpatizantes del Reich alemán.


Baste por hoy, esta digresión sobre un aspecto de actualidad permanente como es el de la Gran Tentación expansionista que cosquilleó al Caudillo de la mísera España de 1940-41.
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