17 de septiembre de 2021, 20:32:41
Opinión


Cuando la pandemia y la precariedad se hacen cómplices

Lucía Nieto


Pandemia, término al que nos hemos tenido que enfrentar en las últimas dos semanas y que ya es parte de nuestro lenguaje cotidiano. Palabra que ha causado, si no pánico si temor e incertidumbre entre la población y efectos perturbadores y poco oportunos en el proceso de crisis-recuperación económica.

Una pandemia es el brote de una enfermedad que se extiende a nivel mundial. La pandemia en la que nos encontramos inmersos ha ocurrido con el surgimiento de un nuevo virus de influenza ante el cual las personas tienen inmunidad escasa o nula, y para el que no existen vacunas. Este tipo de infección se disemina con facilidad de persona a persona, causa enfermedades graves y puede extenderse en muy poco tiempo, el grupo de edad más afectado es el de los adultos jóvenes y sanos y reviste especial dificultad ya que, como otros tipos de virus de la influenza, el virus causante continúa evolucionando.

Las medidas más efectivas para su control son, ciertamente, las más elementales, se trata de dar opción a la prevención, es sólo que para su real aplicación se requiere un sistema de salud medianamente fuerte en todos los órdenes: con infraestructura sanitaria desarrollada, con recursos suficientes y adecuados, con personal calificado, con coberturas amplias, con protocolos claros, con atención equitativa en la que no sea determinante para la permanencia en estado de salud o la simple posibilidad de seguir viviendo el que seas rico o pobre, un sistema que dentro de sus prácticas permanentes predominen las acciones de educación y prevención en salud, de manera que una información novedosa no coja por sorpresa a nadie y se actúe de manera inmediata, en resumen, un sistema de salud transparente, eficiente, eficaz, efectivo y equitativo. Y un ciudadano, la potencial víctima del mal, con adecuados niveles de nutrición, con las necesidades básicas medianamente satisfechas de manera que se le permitan unas condiciones de vida higiénicas, una población con fácil acceso a la información y que comprenda los mensajes emitidos y actúe en consecuencia.

No se trata de ser exigentes, que deberíamos serlo, se trata de actuar con justicia social, desafortunadamente varias de las condiciones descritas son flagrantes ausencias en muchos países latinoamericanos, en los que, más que la agresividad de la enfermedad, lo que facilita la diseminación y pone en riesgo la sobrevivencia de los afectados es la precariedad de los sistemas de salud, es en este punto en que la asociación de pandemia y precariedad se convierten en cómplices ocasionando fácil diseminación y contagio del virus, elevados índices de morbilidad, aumento en los riesgos de mortalidad y altos costos socio-económicos.

Surgen dudas ante las medidas tomadas especialmente en el caso mexicano, que por ser el primero se convierte en caso de referencia. ¿Es tan frágil el sistema de salud mexicano que ante el temor del colapso se ordena a los ciudadanos permanecer encerrados en casa? -medida que está indicada sólo ante síntomas para evitar la propagación-. Y, me cuesta imaginar los costos reales de la parálisis por dos semanas o más, de una ciudad de cerca de 20 millones de personas (Zona Metropolitana de la Ciudad de México), pero pensando en que este cálculo fuera posible ¿Qué situación se estaría viviendo, si el monto de las pérdidas ocasionadas por este “parón” productivo hubiera sido, en su momento, inversión para fortalecer el sistema de salud?

Sistemas de salud estructurados dificultan la perversa asociación entre pandemia y precariedad.
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