19 de enero de 2020, 1:24:09
Opinion


Aunque los empeños sean soberanos

Antonio López Vega


Conste que siempre he tenido serias reservas hacia las novelas históricas. Por eso, cuando uno se encuentra con una como Aunque sean soberanos los empeños (Los libros del Oeste, 2009), no tiene menos que hacer público su aplauso. Su autor, Agustín Muñoz Sanz, es un médico humanista heredero de la amplia tradición española de aquellos científicos que cultivaron la pluma con resultados excepcionales. Recuérdese en este sentido el arquetipo de médico escritor, Gregorio Marañón, o de escritor médico, Pío Baroja, según se prefiera.

La novela narra las vicisitudes que trascurren en la Extremadura y el Alentejo portugués cuando el siglo XV frisaba con el XVI. Entonces, al subir al trono João II de Portugal y los Reyes Católicos en la Monarquía Hispánica, la Península Ibérica entra en la Modernidad entre intrigas, guerras, religión y…la Inquisición. Desde un punto de vista histórico, esta es una novela bien documentada, que no comete anacronismos, que maneja con precisión los términos y conceptos históricos, y que hace todo ello sin resultar farragoso. Toda una virtud.

No me resisto a hacer hincapié en la vocación iberista de la novela. Sus capítulos transcurren zigzagueando a uno y otro lado de la difusa frontera entre Portugal y la Extremadura de entonces, entre Évora, Olivença o Vila Viçosa del Alentejo y Badajoz o el Monasterio de Guadalupe al otro lado de la divisoria. Cierto es que es quizás sea éste el momento histórico, junto a la coyuntura de la unificación de ambas Monarquías entre 1580 y 1640, en que se hace más evidente lo incomprensible de nuestra historia sin tener presente la portuguesa.
Como el autor, soy de los que piensa que no es explicable, ni imaginable, la historia de España obviando el paralelo transcurrir lusitano a lo largo de los siglos, desde los Romanos hasta la Revolución de los Claveles, pasando por Manuel I el Afortunado y Carlos V, los empeños reformistas del marqués de Pombal y de Carlos III, o el salazarismo y el franquismo y las posteriores transiciones a la democracia. En todo caso, esto es una evidencia como lo es la de que uno al pensar en el mapa de España, se lo imagina siempre unido al territorio portugués, con la graciosa nariz lisboeta y el evocador delta del Tajo, y no con el territorio estrictamente español, desde la desembocadura del Miño hasta la del Guadiana, pasando por ciudades fronterizas como Ciudad Rodrigo o la propia Badajoz. Sería bueno que nos replanteásemos si el conocimiento de Portugal, sus gentes y sus costumbres tiene en España el peso que debería….

Sobresaliente es, por último, el excelente pulso narrativo de la novela. A lo largo de sus más de 500 páginas el autor trata con mimo y gusto la palabra. El vocabulario que emplea es preciso, correcto y elegante. En definitiva, una loa al buen español.
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