24 de octubre de 2019, 4:50:51
Opinion


Ibarretxe, miró al soslayo, fuese, y no hubo nada

Juan José Laborda


En mi opinión, Patxi López, no es el primer presidente socialista de un Gobierno vasco. Ramón Rubial lo fue en la etapa de la transición, elegido por los demás parlamentarios, y no por el Parlamento Vasco. José Antonio Aguirre, el lehendakari republicano, fue elegido también por los concejales de las tres provincias, cuando la guerra civil hizo imposible celebrar elecciones, por cuanto Guipúzcoa y Álava, estaban fuera del control de las autoridades de la II República.

Esos recuerdos, sintetizados en el bombardeo de Guernica, sublimado en el lienzo de Picasso, mantienen viva la curiosidad por Euskadi en muchas partes del mundo. La televisión Al-Jazeera, destacó un equipo a la reciente ceremonia, por el interés que el mundo árabe tiene por los acontecimientos en el País Vasco. Pero por encima de esos hechos, qué duda cabe que el fenómeno terrorista, y el desplazamiento del gobierno nacionalista, tras treinta años en el poder, han incrementado el interés informativo, más allá de lo que supondría un normal cambio de mayoría gubernamental, en una región europea.

Otro de los factores interesantes, ha sido la extraña mayoría que se ha constituido. El que los dos partidos que compiten airadamente en toda España, se pongan de acuerdo en Euskadi, para elegir un Gobierno monocolor socialista, sin que el otro partido participe en él, ha sido otra de las peculiaridades del momento. En realidad, leyendo los distintos discursos pronunciados en la sesión de investidura de Patxi López -y no sólo el suyo, y el de Ibarretxe-, los extranjeros pudieron comprender a qué responden tantas rarezas.

Yo creo que resultó bastante clara la idea de que la mayoría que respalda a este ejecutivo vasco, es resultado de los persistentes errores del anterior lehendakari. Socialistas y populares han sido condenados al ostracismo, lo que también suponía el riesgo de perder la vida si no aceptaban lo anterior, como consecuencia de la perversa relación entre Ibarretxe y la organización terrorista. Durante algunos años, esa alianza terrible, estuvo firmada en el famoso documento de Lizarra-Estella. Después, el riesgo continuó para los amenazados, ya que el Gobierno de Ibarretxe, siguió considerando a ETA, como un necesario interlocutor político.

En su discurso oponiéndose a la elección de Patxi López, Ibarretxe ha mantenido la nefasta teoría de servirse de ETA, en este momento por la ilegalización de sus plataformas electorales, para articular su discurso y su estrategia política. Además, enfatizó el contenido nacionalista en su intervención: llegó a amenazar con lo peor, si el Gobierno socialista de Patxi López, supeditaba los intereses de Euskadi, a los de España. Pero después de tan dramáticas palabras, después de que se presentara como el permanente censor de las desviaciones del ilegítimo ejecutivo vasco, Ibarretxe, como escribió Cervantes, “luego, incontinente, caló el chapeo, requirió la espada, miró al soslayo, fuese, y no hubo nada”. Efectivamente, a las horas, declaró que dejaba la política activa, y que se marchaba a su pueblo en Álava, para descansar y meditar sobre su futuro. ¡Demos gracias, una vez más, a la maravillosa capacidad de la democracia por trivializar actitudes, como las de Ibarretxe, que con otros regímenes no acabarían de esta forma suavemente inofensiva! De todos modos, un avance a este final absurdo, se entrevió cuando después de años de agresivo y pertinaz soberanismo, Ibarretxe, hizo su última campaña electoral, presentándose como un moderado e institucional gobernante, que buscaba su reelección, hablando sólo de propuestas para administrar mejor su país.
El Imparcial.  Todos los derechos reservados.  ®2019   |  www.elimparcial.es