19 de junio de 2021, 19:49:30
Opinión


Luces y sombras de Sanisidro (I)

José Suárez-Inclán


Epulón, el rico, vestía púrpura y finísimo lino y se daba un banquete diario. Todos los días hacía una fiesta. Allí acudía con cotidiana paciencia Lázaro, el pobre, a recoger las sobras, a ver lo que caía, para ir tirando. En este ten con ten tan poco diplomático, parece estar basado el capitalismo moderno o, mejor, el actual neoconservadurismo ultraliberal. Si le va bien a uno, algo le caerá al resto. Ese zampar sin mesura ni consideración, que en el peligroso lenguaje del charlatán diplomado se llama activar la economía. Al parecer, Epulón hubo de solventar algunos problemillas al final de su vida, pero como los ricos son de natural optimista y andan siempre más que ocupados, no tuvieron tiempo de leer el final de la historia. Como buen hombre de su tiempo, el empresario de Las Ventas había planeado para este año una feria de Sanisidro siguiendo las directrices del maestro Epulón. Tal vez, desbordado por la organización de los treinta y un festejos consecutivos para el banquete diario de la plaza, por cuadrar de la mejor manera posible los menús de las corridas, no se diera cuenta de que el sistema Epulón-Lázaro no atravesaba sus mejores momentos, de que estaba en crisis. Así que siguió a lo suyo. Sacrificó algunas figuras de gran popularidad que se salían de su presupuesto, pero se las ingenió para rellenar los carteles con otras mucho más asequibles, cuyas entradas vendió al mismo precio. Activando la economía. Atiborrando la mesa. Y el que no quiera las migajas que caen del banquete, que se vaya. Y pierda el abono. Ya lo querrá otro. Y, en efecto, la plaza entera compró el abono e hizo cola para entrar al festín y a las migajas del maratón táurico, porque, aunque hubiera crisis, la ciudad de Madrid triplicaba en aficionados a los toros el número de abonos a la venta.

Y así ha transcurrido esta primera semana de la feria. Con la plaza sumida en el silencio triste de la resignación, tan ajeno a la dicharachería —insufrible, a veces— del respetable capitalino. Se abrió Sanisidro con una luz ambigua y fría, una luz de crisis, muy alejada de los soles deslumbrantes y los violentos chubascos que zarandean las tardes de mayo en Madrid. Solo el viento, molesto y pertinaz, anduvo soplando como una sombra en acción por la primera semana de festejos. Llegó a haber momentos —muchos momentos— en los que Las Ventas se quedó vacía. Todos se habían ido y habían dejado en su lugar sufridos fantasmas sobre la piedra de los tendidos. Hasta la humilde cacharrería de la banda sonaba más alta y clara que de costumbre

Pero en este arranque —semana de las oportunidades— nunca faltan luces. Ni orejas. Si la nota media del ganado —todo Domecq: Vázquez y Vistahermosa— raspa, con algunas excepciones, el aprobadillo, los diestros han cortado casi un trofeo cada dos días. Que en Sanisidro no es poco. Y pudo haber más si no lo impide el acero.

Primer día, primera oreja para Emilio de Justo, un extremeño sin extremos, de clásica limpieza al que se le entrevió una promesa frente al sexto, un colorado de Casa de los Toreros que desbarató su bondad al lastimarse una pata. El segundo día Leandro mostró con suave elegancia y cierta majeza, que hay un torero posible, pero “Desertor”, con sus velas amastiladas —mazorca blanca, puñal oscuro— le atragantó el ímpetu. Justo el que mostró Sergio Aguilar, que muletea con ganas, traza los viajes, pone la tela, marca los naturales, templa las salidas… ¿Qué faltaba? Toro ¿Sólo toro? Este torero puede arrancar orejas en cualquier plaza. Y además, mata. ¿Y emociones? Solo unos instantes, cuando su primer toro, de un tornillazo, le rozó con un pitón la cara, o cuando en el sexto le cambió el viaje por detrás en la boca de riego. El resto fueron aplausos. Porque tiene valor, y se llevó al toro del platillo al tercio a muletazos claros, sin dejarlo escapar, pese al peligro sordo del animal, su mirada huidiza, sus pocas ganas de vivir y sus saltitos bruscos. Si no pincha, corta una oreja. Como lo hizo Capea el tercer día, el de la alternativa de David Mora, un madrileño que, como novillero, se fue sin remedio hacia toriles, paso a paso, el capote atrás y, en un movimiento de muñeca más perezoso que decidido, que revelaba de nuevo lo irremediable, se lo echó adelante para esperar al toro. Devolvieron al corral al de su alternativa y hubo de hacer lo mismo con el que salió luego. ¡Perra vida! No resolvió someterlo y terminó el toro rebañando, peligroso, como el corazón del torero que, sorprendentemente, mató bien a los dos. La oreja de Capea se fraguó, entre aplausos y palmas de tango, a un toro de Salvador Domecq, “Escorado”, que tras el quite de David Mora, descolgó con codicia inusitada, demasiada para su muleta apresurada y lejana, y hasta le hizo volar sin malicia. Pero la alegría que proporciona un toro bravo, desató la euforia anhelante de la afición. Y del torero, que daba saltos de alegría cuando enterró la espada.

El cuarto día Curro Díaz, que mató mal, dejó sus gotas de aroma y temple. Y Ambel Posada, que tiene cara, color y son de torero, anduvo con su terno blanco y plata, desconcertado, sin dominar sus destellos, por la arena de la tarde. Un quite, media verónica, una trincherilla, un desmayado, el trasteo en el tercio, sabían a matador de siempre, esparcían torería. Pero plantarse y torear, lidiar… no ocurrió. La novillada de Montealto del quinto día confirmó lo que ya sabíamos: que Tendero tiene ganas, valor y oficio, que será torero. Con el jabonero que hirió de gravedad al banderillero Gimeno Mora, se dobló sometiendo, de poder a poder, sin quitar la tela, devolviéndole el jarabe, cortando sus pretensiones. Y aunque le puso un pitón en el abdomen, se impuso el manchego, mirándole en reto, con el brazo firme. Actitud encomiable que confirmo ante “Rencoroso”, su segundo, al que, valiente y mandón, arrastró la tela por el piso. Pero pinchó en ambos.

La alternativa de Fandiño, en la sexta, tuvo su cara y su cruz. Al torero bilbaino de Orduña, originario de Porto do Son, que consideran de Guadalajara le cedió Ferrera, un balear de Ibiza considerado extremeño, su toro, “Catalán”, cuyo encaste gaditano pasta por Huelva. Aunque era cinqueño largo, metía la cabeza con nobleza ínsolita, y Fandiño pudo quebrar la cintura de su vestido lila en derechazos notables, dar una trinchera impecable y ver asomar y desaparecer la oreja en día tan importante. ¿Por qué no se rompió Iván con ese toro hasta volcar la plaza? Los aplausos de consuelo sonaron tristes, dolorosos, envenenados. Sin embargo su pelea con el armado sexto tuvo tintes épicos.

Terminó la semana con la oreja de más peso: la que Bolívar arrancó a “Orgánico”, un colorado ojo de perdiz de Las Ramblas, que cerró la tarde. Si a su primero —un “dos guadañas” del Marqués— lo miraba con esa parsimonia enigmática de la América hispana —y no le varió el gesto entre saltos, punteos y arreones, aunque sudaba copiosamente— a este le ganó la cara, con mucha pasión, desde las primeras verónicas hasta que se relajó en la media. La muleta lo llamó de lejos y el toro acudió bravo, boyante, presto a la pelea. Series airosas, ligadas, barriendo la arena; toreo de emoción, con puntazo y torniquete negro incluido, que se agitaba sobre el venero oscuro y abundante de la sangre, que se regalaba en una muleta que al fin, levantó el corazón dormido de Las Ventas. El colombiano Luis Bolívar habría el portón de lujo a los carteles grandes de la segunda semana de feria.
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