18 de enero de 2020, 22:12:30
Opinion


Siempre con el arma de la cultura como distintivo

Víctor Morales Lezcano


Hace aproximadamente diez años, Abdellah Hammoudi me mostró las dependencias físicas del Institute for the Transregional Study of the Contemporary Middle East, North Africa and Central Asia, sito en el campus de la estadounidense Universidad de Princeton (New Jersey).

No me sorprendió demasiado que una distinguida Universidad de la “República imperial” contara con un Centro de tamañas aspiraciones transcontinentales (de Tánger a Samarcanda median unos cuantos miles de kilómetros) y de espectro temático tan complejo como el que viene urdido por el entrecruzamiento de etnias, lenguas y tradiciones locales diferentes. (Eso sí, el ubicuo islam, en sus variantes locales, es el hilo conductor que permitiría establecer una ligazón al recorrido que media entre el gibraltareño cabo Espartel y el Turkmenistán de antaño).

Han transcurrido diez años desde que realicé aquella visita a Princeton que respaldó el Profesor Bernard Lewis, y observo cómo en la actualidad empiezan a prodigarse en España proyectos de investigación en el campo de las Ciencias Históricas, que abarcan espacios considerables, atraviesan el decurso de los siglos y plantean los efectos, las concomitancias y solapamientos de factores históricos de diferente peso y constitución.

Uno de esos proyectos, ya algo más que en ciernes, lleva por nombre Grupo de Investigación “Frontera Global Europea” (FGE), con sede en la Universidad de Alcalá de Henares.

Ha querido el FGE, en estrecha asociación con el “Centro de Investigación en Antropología Social y Cultural” (CRASC) de la Universidad de Orán -en la vecina Argelia- dar unos cuantos pasos apuntando al norte que sirve de guía en la tarea de conseguir la aproximación entre pueblos y culturas.

Aplaudo aquí la iniciativa oranesa y alcalaína orientada a recuperar el presente de un pasado transmediterráneo que inició el cardenal Cisneros; que prosiguió, más con la pluma que con la espada, Miguel de Cervantes; y del que surgió una floración literaria insigne. Así, Emmanuel Robles y Albert Camus fueron hijos de la emigración levantina y balear a la nueva frontera que Francia venía trazando -más con la espada que con la pluma, esta vez- desde el Segundo Imperio.

Siempre he sido de la opinión de que la comunicación en vertical ha funcionado más poderosamente en el Mediterráneo occidental que en su pars orientalis. Así ha sido desde que los romanos y los vándalos invadieron Mauritania y Numidia desde la Gallia y desde Hispania. Por el contrario, la comunicación horizontal no siempre ha sido cómoda, ni fluida; en particular desde que el estado-nación se impuso en la geografía política del Viejo Mundo.

Enhorabuena, por tanto, a los grupos universitarios de ambas orillas que se han dado cita en Alcalá de Henares en busca de unas huellas perdurables y ávidos de transgredir, con el arma de la cultura, las fronteras del nacionalismo rancio -y obstinado-.
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