24 de junio de 2021, 11:07:59
Opinión


Más música en nuestras escuelas

Margarita Márquez


Daba cuenta EL IMPARCIAL durante el fin de semana de dos acontecimientos operísticos de gran importancia. De ellos también se hacía eco el resto de los medios. No en vano se celebraba el domingo el día internacional de la ópera y la víspera volvía al Teatro Real de la capital española una de las obras preferidas del público madrileño del primer tercio del siglo XX, La Gioconda. En ambos casos la acogida y el éxito fueron rotundos. La noche del sábado, la difícil obra de Ponchielli deleitaba a un público absorto en un reparto que exige cinco cantantes de primera línea, más de ochenta personas en escena y una armonía perfecta en la música, la interpretación y la danza. Los momentos más brillantes de la obra estuvieron a gran altura: resolución perfecta de sus dos arias más hermosas, "Cielo e mar" y "Suicidio" y de la impresionante "Danza de las Horas", toque de color a la niebla veneciana que inundó la función. Las fortalezas de esta ópera se pusieron de manifiesto a lo largo de las cuatro horas de representación: escritura lucidísima y música de gran riqueza en la brillante orquesta de Ponchielli y en sus coros, desde las danzas populares del primer acto al impresionante "concertato Già ti veggo". Incluso el ballet tan popularizado de "La Danza de las Horas" resultó una pieza mucho más fresca de lo que la rutina nos ha hecho creer.


Para los no iniciados, el mismo Teatro Real preparó el domingo por la mañana un espectáculo desenfadado que acercó las piezas más conocidas de Mozart a la madrileña Plaza de Oriente. Miles de personas se unieron a la fiesta que desubicaba a la lírica de su circuito habitual con el mismo fin que el realizado simultáneamente en otras ciudades del mundo, el de conquistar un nuevo espectador. En esta ocasión el señuelo exterior -la fiesta popular a cargo de Els Comediants- y el interior -la estupenda representación de La Gioconda, que se prolongará hasta marzo-, son aliados estupendos para fomentar el gusto popular por la ópera. Pero el esfuerzo no puede ser sólo unidireccional. Necesitamos un reclamo más importante que ayude a borrar en las sociedades del Sur de Europa y de América Latina las etiquetas de elitista e incomprensible que lleva colgado el mundo de la lírica: una educación que envuelva de sonidos armónicos al resto de las artes y las ciencias. Las musas de la danza y de la música se merecen también un primer plano.
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