30 de noviembre de 2020, 11:15:01
Opinión


Lydia Bosch: ¿víctima o verdugo?

Alicia Huerta


En un país en el que, demasiadas veces, los documentos privados contenidos en un procedimiento judicial se pasean alegremente por revistas, periódicos y programas de televisión sin que los afectados puedan evitarlo, no es de extrañar que el morboso divorcio de una actriz famosa esté en boca de todos. Hasta en la de aquellos que normalmente huyen de los cotilleos rosas. Si encima se trata de una mujer como Lydia Bosch, que hasta ahora había encarnado el modelo de mujer discreta y equilibrada, triunfadora absoluta en lo profesional y en lo personal, la persecución a la caza de los detalles más escabrosos de su vida es inevitable. Como también lo es ponerse de su parte o, por el contrario, ver en ella a la más pérfida de las mujeres en plena batalla para sacar tajada del inminente divorcio. El caso es opinar.

Lo cierto es que, por el momento, se trata de la versión de una contra la del otro. Que a muchos les ha mosqueado que Bosch haga las graves acusaciones de abuso contra su marido justo en el momento en el que toca repartir los bienes y los niños para dar por concluida su historia de amor. También, que nadie entiende cómo una mujer con fortuna propia, una fachada estupenda y una profesión consolidada, haya soportado tantos años el infierno que ahora relata. Insultos, empujones, duras escenas de celos y demás monstruosidades, incluyendo la peor de ellas, el acoso y abuso a una menor. Vamos, un culebrón que ni hecho a medida por los más curtidos guionistas venezolanos. Todos preguntándonos cómo es posible que lo que parecía el colmo de felicidad conyugal escondiera tanta porquería, y nosotros sin saberlo. En realidad, parece que éste es el verdadero morbo. Confirmar que bien distinto es lo que se enseña de puertas para afuera de lo que realmente ocurre en la intimidad de un hogar. Rico y famoso o pobre y anónimo, lo mismo da, porque hablando de culebrones ya saben eso de que los ricos también lloran. Y puede que hasta más de uno, con esta historia, se haya consolado pensando que, desde luego, lo que él esconde no es tan oscuro como a veces le parece.

Y al menos lo que sí tiene, en caso de que su impoluta fachada se venga abajo, será algo tan preciado e insustituible como la intimidad. El derecho a elegir a las personas a quienes poner al corriente de nuestros disgustos y fracasos más profundos, más secretos y más privados. Al famoso, ya sea político, empresario o artista, le toca pasar por los peores momentos de su vida viendo cómo se airean y comentan los aspectos más íntimos de su existencia y de la de su familia. Me dirán, y es cierto, que hay muchos famosos que lo fomentan y que se forran con declaraciones en exclusiva. Hasta ahora, ese no ha sido el caso de Lydia Bosch y, por eso, descubrir que los documentos confidenciales presentados en sede judicial andan por las redacciones a la vista de todos, tiene que ser, además de doloroso, injusto.

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