22 de septiembre de 2019, 20:16:53
Cultura

entrevista


Roberto Frontali: "El madrileño es un público difícil de conquistar"NO VALE


Desde que en 1986 debutó en el Teatro de la Ópera de Roma, su ciudad natal, con Agnese de Hohenstaufen, la carrera internacional del barítono Roberto Frontali ha sido imparable.


Enhorabuena por su fantástico Rigoletto. El estreno, el pasado miércoles, fue un rotundo éxito. ¿Qué opina del público madrileño? El madrileño es un público difícil de conquistar. En general, todos los de un estreno lo son. El público que acude a un estreno es diverso, por una parte están los críticos y, por otra, una elite que no participa tanto de la representación desde un punto de vista emotivo, que está más pendiente de otras cosas que del espectáculo. Por eso, cuando se tiene éxito en un estreno es aún más importante.

Lo que parece claro es que no todos los públicos son iguales. Para usted ¿hay algún público que resulte especialmente crítico y exigente?
Sí, el público de Milán, el de la Scala. Luego está también el público de Parma, que digamos que es bastante complicado, en el sentido de que se conoce a Verdi de memoria, que se considera, incluso, depositario del legado del compositor. Pero luego, cuando te quiere, te quiere con locura. Al final es un público muy calido. Interviene también el aspecto cultural y la predisposición del pueblo que se manifiesta, claramente no es lo mismo el público italiano que el español o el alemán. Existe también un público más ingenuo, un público que participa mucho, por ejemplo, el americano, que te identifica incluso con el papel del bueno o del malo. Yo me acuerdo siempre de una Lucia di Lammermoor que canté en el Met en una función especial para los colegios. Después me escribió un niño diciendo: “Maestro Frontali, usted representa un personaje estupendo, en el que se implica mucho, pero espero que en su vida real no sea usted tan malo".

La dirección escénica de este Rigoletto a cargo de Monique Wagemakers es realmente impactante, pero, sin duda, también extremadamente dura para los cantantes. ¿Cómo ha sido la preparación física para una actuación tan difícil?
Bueno, la verdad es que yo aquí, en Madrid, he adelgazado tres o cuatro kilos. Un poco por el estrés y otro poco por el entrenamiento. Digamos que, a menudo, es algo mental. Cantar y realizar al mismo tiempo ciertos movimientos te parece algo imposible. Después, haciéndolo de forma cotidiana y volviendo a ver cada escena, se convierte en algo más natural. Sin duda, los primeros días estaba muy preocupado porque la directora te exigía, antes de nada, una participación física y emotiva muy fuerte, porque tratándose de una escenografía desnuda, sin decorados, es el cantante el que debe llenarla. Y si no participas desde un punto de vista físico y emotivo el espectáculo se vuelve aburrido, así que tienes que estar siempre muy presente. Además, yo llegaba de Nueva York con problemas de espalda así es que al inicio estaba aún más preocupado. Afortunadamente, aquí tienen una fisioterapeuta muy buena que me ha puesto en forma, aunque cada día descubría siempre lo que había hecho en el ensayo viendo qué músculos tenía doloridos y me llegó a decir que tengo una “musculatura fluctuante”.

Los cantantes de ópera siempre han tenido que ser muy buenos actores, pero ¿no le parece que en ocasiones los directores de escena exigen a los intérpretes actuaciones demasiado comprometidas y que pueden poner a la imagen por encima de la voz?
Bueno, sí. Hoy el teatro de ópera se las tiene que ver con el cine y la televisión, por eso es normal que se tenga en cuenta mucho la imagen. En los escenarios de ópera ya no vale sólo con que haya una voz, es necesario que haya también un actor. Hoy en día, por ejemplo, nadie aceptaría una Violeta obesa, porque se trata de un personaje que muere de tisis y que, por tanto, se supone que ha de estar bien delgada. Ahora, los directores tienen un papel muy importante, tienen más poder en el teatro. Yo creo que este es su momento y, personalmente, encuentro interesante introducir nuevas ideas, nuevas formas de acercarse a la ópera y, además, creo que eso no supone nunca que se someta al cantante o a la música. Entiendo que hay gente que quiere ver un espectáculo en su versión tradicional. Que, a veces, cuesta imaginarse, por ejemplo, un Rigoletto como este en el que no hay nada, no está la casa, no está Mantua, no está la corte tradicional, y que haya personas que quieran ver la obra como fue escrita. Pero cuando hay un gran trabajo detrás, en el que la música sigue siendo lo importante y que, además, saca todo lo mejor de los cantantes, entonces yo lo encuentro como algo positivo. Incluso Shakespeare se puede representar en vaqueros.

En la actualidad usted es un barítono esencialmente verdiano, pero también con papeles en su repertorio que van desde Bellini a Donizetti y, por supuesto, Rossini. ¿Hay algún papel que todavía no ha debutado y que querría hacer pronto?
Yo nací como un barítono lírico y de belcanto, por lo que he hecho muchísimo Rossini, que es una escuela increíble. Luego empecé a hacer Verdi y me gustaría hacer y, de hecho lo haré pronto, Macbeth. También Yago, que me parece un papel muy interesante. Después, y como otro repertorio, porque estoy empezando también con el repertorio verista, me gustaría hacer el papel de Scarpia.

Y, ¿hay algún teatro en el que aún no haya cantado y al que le gustaría ir?
En realidad he estado en casi todos los teatros importantes. Bueno, no he estado nunca en el Teatro Colón de Buenos Aires, que me han dicho que es un teatro estupendo.

Debutó en Roma en 1986 y a partir de entonces se ha convertido en un habitual de los grandes templos de la ópera en el mundo. Sin embargo, llegó a esta profesión sin la clásica preparación desde la infancia. ¿Cuándo y cómo se dio cuenta de que esta iba a ser su vida?
A mí, ya desde muy pequeño, me gustaba cantar. En mi familia no había nadie que se dedicase a la ópera, pero había un piano y yo lo tocaba siempre, simplemente para jugar. Luego empecé a cantar folk italiano hasta que a los catorce años, un amigo que estudiaba composición empezó a traer piezas para que las cantáramos juntos y divertirnos de esa forma, como un juego. Más tarde, en la universidad, había un coro que hacía música polifónica y entré en él, más que nada, por curiosidad, para ver qué me encontraba allí, pero el director me dijo que tenía una voz muy potente y que por qué no iba a estudiar. Entonces, mi mujer, todavía no estábamos casados, me inscribió en el conservatorio y allí empecé con las primeras lecciones de canto. Lo que ocurre es que era muy lento, con sólo una clase semanal y yo no tenía ganas de pasarme allí tantos años, así es que cuando tenía 21 empecé a dar clases privadas con el Maestro Renato Guelfi, que ha fallecido hace unos días. Y esta fue, además, un poco como una escuela de vida, porque desde la mañana a la noche estaba allí cantando y escuchando a los otros, algo que hoy seguramente no sería posible porque los tiempos han cambiado. Después, en el 85, terminé la carrera y en el mismo año empecé a ganar los primeros concursos de canto como solista. Gané el concurso de Spoletto, que en Italia es el que te permite debutar. Lo gané con el Barbero de Sevilla que yo encuentro que guarda una estrecha relación con Rigoletto.

¿Ha pensado alguna vez en lo distinta que habría sido su vida si se hubiera dedicado a la carrera de económicas que estudió en la universidad?
En realidad, no. Pero es cierto que cuando acabé la carrera hice incluso varias entrevistas de trabajo para entrar en algún banco. Sin embargo, cuando al final de la entrevista me preguntaban si tenía algún hobby y decía que me gustaba cantar e incluso allí mismo les cantaba algo, ya no me volvían a llamar.

Sin embargo, con una agenda a rebosar de compromisos hasta 2012, con continuos viajes y estancias fuera de Italia, es una profesión extremadamente dura. ¿Cómo lleva usted tantas idas y venidas?
Después de 23 años en esta profesión, uno se hace a este tipo de vida, a los momentos de depresión o soledad que a veces puedan llegarte. Lo que está claro es que si uno quiere dedicarse a esta carrera debe ser capaz de estar bien consigo mismo. Lo peor es, sin duda, la familia, mi mujer y mis hijos, aunque hacemos todo lo posible para que en los periodos en los que no hay colegio puedan venir conmigo. Y cuando me encuentro en casa, mi disponibilidad hacia ellos es absoluta.

Precisamente en este Rigoletto de Madrid, estaba previsto que usted cantara con Juan Diego Flórez en el rol del duque de Mantua igual que ya lo hicieron en Lima. ¿Le sorprendió la decisión del tenor peruano de no hacerlo en el Real?
Cuando lo hicimos juntos en Lima, a mí me gustó mucho cómo lo interpretó, pero siempre hay una dificultad cuando se pasa de Rossini a Verdi. En todo caso, yo creo que será cuestión de tiempo que lo vuelva a hacer. Por supuesto, he sentido mucho no haberlo podido hacer juntos en Madrid, pero entiendo sus razones.

Flórez decía también estos días en Madrid que las carreras deben ser largas y que para ello hay que cuidar mucho la voz. ¿Qué es lo que nunca debe hacer un cantante de ópera si quiere cuidar su garganta?
Nunca debes hacer un papel que sientas que no puedes. Si quieres tener una carrera larga, lo mejor es esperar a que llegue tu momento, estudiar y tener paciencia, ir paso a paso. Sin embargo, en una sociedad como la de hoy, a veces te sientes presionado por los teatros, que te intentan convencer de que puedes, te empujan a hacerlo, a ir más deprisa.

El maestro Roberto Abbado que dirige la orquesta en este Rigoletto ha afirmado que el Teatro Real funciona muy bien y que esta es la fama que tiene fuera de nuestras fronteras. ¿Qué es lo que destacaría especialmente como un ejemplo de su buen funcionamiento?
Yo destacaría el aspecto humano. Lo más importante en el Teatro Real es el acogedor ambiente familiar que se respira. Un teatro está hecho de personas y aquí hay tantas personas buenas, que este es, desde hace cinco años cuando vine por primera vez, el teatro con el que tengo una relación más estrecha. Desde vestuario, pasando por producción o el departamento de prensa, en todos los ámbitos se respira una energía tan positiva que hace que tú te sientas siempre bien y cuando tú estás bien, el espectáculo funciona. Y esta energía positiva no es algo que tengan todos los teatros.

¿Y algo que a su juicio se podría mejorar?
La verdad es que no se me ocurre nada. Cuando hay tanta disponibilidad a todos los niveles, no hay nada que al final no se pueda hacer.

Estará en Madrid hasta el 21 de junio. ¿Dónde podrán verle a partir de esa fecha los aficionados? ¿Cuáles son sus próximos proyectos?
Lo más inmediato es en Dresde con La favorita en versión concierto. Después iré a Santander del 31 de julio al 3 de agosto. Más tarde Ginebra y Palermo en octubre. Haré Il Trovatore en Barcelona el próximo diciembre y volveré al Real en febrero de 2010 para cantar Andrea Chénier.

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