5 de diciembre de 2019, 16:46:35
Opinion


Más allá de Luis Martín Santos

Juan José Solozábal


Con ser ya bastante, Vidas y Muertes de Luis Martin Santos es mucho más que una apasionante biografía del médico, escritor y político donostiarra, director del hospital psiquiátrico de San Sebastián, autor de la posiblemente mejor novela de la posguerra española, Tiempo de silencio, y destacado militante del PSOE , que encontró un final trágico como Albert Camus a parecida edad en un accidente de carretera. Con una técnica eficaz y de aparente sencillez, acumulando testimonios orales y fuentes textuales escritas, dispuestos en mosaico y dejándolos hablar por sí mismos, José Lázaro ha construido un libro de extraordinaria complejidad e intención.

Aparentemente se trata de contar una vida, cuya plenitud resalta especialmente en el fondo mediocre de la sociedad franquista, a la que se añade la aureola de un destino final implacable . El libro, pienso, es, sobre todo, una meditación que el autor, que se reconoce a sí mismo como “el inquiridor”, realiza sobre las posibilidades de curación del espíritu, examinando tanto la praxis como la teoría de la psiquiatría de Martin Santos; una reflexión sobre lo que podríamos llamar la utilidad de la literatura como instrumento de la trasformación social, que consiste en el examen de Tiempo de silencio desde los postulados del existencialismo sartriano; y una contribución sobre la construcción en una sociedad de su memoria a través de los recuerdos de los conspicuos miembros de la misma.

Me quedo con dos señales del libro, impagables. Primero el paso fugaz y bien sorprendente de algunas siluetas . ¿Quién iba a decir que Hannah Arendt recibiría testimonio de la existencia de Luis Martín Santos, a través de su amiga y biógrafa Mary MacCarty, seducida ciertamente de modo intelectual por la brillantez indudable del doctor donostiarra? Llama la atención la evocación de Vargas Llosa cuyo juicio plenamente admirativo de Martin Santos no le impide reparar el injusto estropicio en que incurriera con la figura de Ortega en Tiempo de silencio. Inteligente apreciación que completa, por cierto, su valoración plenamente justa de Azorín en una edición de sus obras escogidas que el escritor peruano lleva a cabo.

Por lo que hace a la dimensión vasca del libro su contribución es inexcusable. Recuerdo el impacto que la desaparición de Martín Santos causó en la sociedad donostiarra, en la que la inserción familiar no fue fácil, pero que le abrió sus puertas, reconociendo su profesionalidad e incluso su comprensión intelectual. En el libro se recoge un testimonio del máximo interés sobre la valoración de su figura por gentes de la significación de Arteche, Oteiza y Michelena. Las reflexiones que Martin Santos dedicó a la obra de Los abrazos de los muertos de Arteche o su participación en la, algo barojiana, Academia Errante, muestran una dimensión de vasquismo de Martín Santos sobre la que habrá de volverse. Como ocurre con el testimonio que, también sobre sí mismos, ofrecen Recalde, Pradera , Mugica o Eceiza.

Pero la voz más noble, y también más próxima de la sociedad vasca, de la Euskadi profunda como dice el inquiridor, es la de Maria Jesús Goikoetxea, una guipuzcoana, euskaldun, que cuidó más allá de toda medida, conmovedoramente, a la familia y al propio doctor Martín Santos.
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