23 de noviembre de 2020, 18:02:08
Opinión


Gobernar contra la matemática

Javier Zamora Bonilla


Las alarmantes cifras del crecimiento del déficit público que se conocieron ayer, junto con el descenso de la recaudación de ingresos de la Seguridad social y de los impuestos al descender el número de personas trabajando, al reducirse el consumo de las familias y la inversión empresarial, al bajar los ingresos por turismo, etc., etc., y producirse de forma paralela un incremento del gasto vinculado a las prestaciones por desempleo, incremento automático –dicho sea de paso–, ponen las cuentas públicas en una situación muy difícil. No es cuestión de que uno sea más o menos catastrofista, que no lo es, sino de mirar la economía con una perspectiva un poco más amplia de la que otorga una mirada desde los últimos años de bonanza para darse cuenta de que hay problemas estructurales que no se han emprendido y que tampoco parece que de verdad el Gobierno presidido por Rodríguez Zapatero vaya a emprender, porque realmente parece que falta la verdadera comprensión del problema. Pongamos dos ejemplos: el empecinamiento en no emprender una reforma laboral, cuando es evidente que hay un problema pues destruimos empleo mucho más rápido que nuestros vecinos europeos; y el empecinamiento en cerrar las centrales nucleares sin tener diseñado un plan estratégico a largo plazo para disminuir nuestro déficit energético, una de las claves de nuestras crisis económicas de las últimas décadas.

La apuesta que Zapatero hizo en el último debate del Estado de la nación por un nuevo modelo productivo llega tarde (aunque nunca es tarde si la dicha es buena) porque las bases se deberían haber puesto precisamente en los años de crecimiento económico; el no haberlo hecho así muestra que el presidente no era consciente de esta necesidad y prefirió seguir aprovechándose del tirón de una infraestructura económica muy rentable en ese momento (la del ahora criticado ladrillo) pero vieja, sin pensar que llegarían los tiempos de vacas flacas y que había que prepararse para ellos, y sobre todo que había que preparar la economía y la sociedad españolas para ser competitivas en un entorno globalizado, pues nuestro problema principal era ya el de la productividad.

Además no es creíble la apuesta de Zapatero por un nuevo modelo productivo porque las medidas tomadas por el Gobierno no van por esa línea. Por ejemplo, ni siquiera se ha pensado una verdadera reforma de las administraciones públicas en términos de la nueva economía para reducir los gastos corrientes, tan importantes en una situación de crisis. Por otro lado, como ya hemos dicho en alguna ocasión, lo de cambiar el modelo productivo no es algo que pueda hacer en solitario un Gobiernto, sino que forma parte de un programa integral de la sociedad. El Gobierno puede auspiciar, promover, generar expectativas a favor de este cambio y contribuir directamente en una pequeña medida, pero no puedo hacerlo por sí mismo. No es una cuestión de voluntad, no depende sólo del voluntarismo de una o de varias personas que se sientan juntos en una mesa del Cosejo de Ministros todos los viernes, sino de un impulso colectivo en el que toda la sociedad se involucre. Quizá el profeta que diga la palabra clave, la palabra mágica que oriente, sea necesario, pero no es suficiente. Es una cuestión de tiempo, de mucho tiempo, de varios años e incluso de décadas, y en la que lo principal es la apuesta por la educación y por la investigación, para que una sociedad más y mejor formada (se trata, en fin, de construir una sociedad del conocimiento) cree valor añadido en todo aquello que emprenda.

Zapatero no ha sabido bien qué hacer con la investigación. La desvinculó de Eduación para acercarla más al mundo empresarial, lo que es positivo. Pero la investigación en España es fundamentalmente pública, por lo que al nuevo ministerio, junto a la Investigación se fueron las Universidades, que son la base de la investigación en nuestro país, pero ahora han retornado a su palacete de la calle de Alcalá, porque las Universidades no son sólo investigación sino educación superior y en un momento de grandes cambios en esta materia el ajetreo que los estudiantes y algunos profesores estaban montando asustaron a Zapatero, que lo que menos quería era a los jóvenes (un sector que supuestamente le había alzado a la Moncloa) en la calle. Así que el presidente dio marcha atrás y donde dijo “digo” dice ahora “Diego”, y de este modo la Investigación no acaba de encontrar su ámbito ministerial a pesar de tener un ministerio propio, pues varios le disputan las competencias.
Subierse al carro del nuevo modelo productivo fue una manera inteligente por parte de Zapatero de salvar un debate sobre el Estado de la nación que tenía complicado, y justo antes de unas elecciones, pero no basta con decir la palabra sino que hay que hacer política, política del más alto nivel, de la mayor inteligencia, de la mayor valentía para transformar una sociedad y mejorarla. Eso desde luego no se puede hacer gobernando contra la matemática. La democracia es el mejor sistema que hemos diseñado para gobernarnos, pero no sirve para destruir que 2+2=4 ni que 2-3=-1.
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