5 de diciembre de 2021, 9:24:40
Opinión


El consenso de la ría de Bilbao

Juan José Laborda


Me parece que el Gobierno vasco presidido por Patxi López ha sido lo más novedoso de esta época. Tal vez sea la aportación más trascendental realizada por la imaginación política desde los tiempos del “Acuerdo de Ajuria-Enea”, el acuerdo unánime de los demócratas para defender las instituciones vascas de la violencia sectaria.

Ha sido un ejemplo de hacer política. Desde los tiempos de Bill Clinton, los gobernantes y los líderes partidarios de los países democráticos, fundamentalmente, han decidido sus opciones con las encuestas demoscópicas. Pues bien, los dos partidos vascos, el socialista y el popular, llegaron a ponerse de acuerdo para apoyar a Patxi López como lehendakari, sabiendo que ésta era la fórmula menos apoyada por la opinión pública y por sus propios votantes. Cambiar esa percepción, es una tarea propia de auténticos dirigentes políticos, aquéllos que están dispuestos a modificar las convenciones morales, mediante la palabra y las ideas nuevas.

Sin duda, les quedaron pocas alternativas después de Lizarra. Era también un acuerdo de supervivencia, pues las diversas propuestas soberanistas del gobierno anterior de Juan José Ibarretxe, trabajaron a favor de la exclusión de los que no compartían “la visión del mundo” nacionalista. Pero los intereses, en democracia, suelen conducir directamente a los principios. En este caso, haciendo reverdecer la idea de que el rival político nunca es un enemigo. El pacto entre socialistas y populares en el País Vasco, se sitúa en las antípodas ideológicas de las consecuencias persecutorias del “Pacte del Tinell”, en el que se condenaba al ostracismo de la comunidad catalana, al partido popular de ese territorio.

La garantía de su durabilidad se encuentra, para empezar, en el compromiso de sus firmantes. Pero una vez más, los intereses serán su causa inmediata: ambos partidos no podrían resistir las consecuencias electorales de un fracaso del primer gobierno no nacionalista del País Vasco. Con la misma lógica, las limitaciones de un gobierno minoritario, se han convertido en sus excelencias. Se ha tenido el cuidado de no aparecer en su composición como un gobierno partidario, sino abierto a personas cualificadas profesionalmente, y comprometidas con los valores que representa ese ejecutivo. La democracia debe elegir para gobernar a las personas mejores, y esa asimilación del principio aristocrático por el principio democrático, constituye una de las claves para recuperar el pleno sentido de los gobiernos elegidos de nuestros días.

El presidente Rodríguez Zapatero tiene el mérito indudable de haber apoyado la idea desde el primer momento, lo que le supuso perder el apoyo necesario del PNV. Meses antes, ya hizo parecida audacia, al ordenar a los socialistas navarros que apoyaran parlamentariamente al gobierno conservador de Miguel Sanz. Alguien que estuvo en las conversaciones previas con Zapatero en la Moncloa, me aseguró que el presidente señaló que bajo ningún concepto iba a impedir los planes del equipo de Patxi López, “después de tantos sacrificios, y de tanto sufrimiento”. En cualquier caso, otra paradoja, la política defendida por los socialistas catalanes para decidir autónomamente sus alianzas políticas, y cuyo exponente entre los vascos es el presidente del PSE, Jesús Eguiguren, ha servido para que en Euskadi se consoliden unas relaciones políticas completamente opuestas. Y de nuevo, parece saltar la histórica contraposición de destinos entre Cataluña y el País Vasco. En momentos cruciales como es éste, los vascos se adaptan mejor a los nuevos tiempos, mientras los catalanes encuentran dificultades a causa de decisiones que fueron adoptadas en Cataluña. Es exagerado remontarse a la Guerra de Sucesión, cuando el Principado perdió sus Fueros y su autogobierno, mientras las provincias vascas y Navarra, los mantuvieron sin problemas. Sin embargo, el gobierno vasco tiene hoy la simpatía de los ciudadanos de España, mientras el catalán no lo logra en la misma medida. En un mundo globalizado, “caer bien” es una ventaja comparativa, en unas relaciones cada vez más competitivas.

Por último, el acuerdo entre Patxi López y Antonio Basagoiti, tiene algo de simbólico. Ambos representan lo que la ría de Bilbao significa en el País Vasco y en la España contemporánea. Además de su dimensión económica, el desarrollo del capitalismo industrial, produjo el surgimiento de las principales ideologías políticas: el carlismo, el liberalismo, el socialismo, el nacionalismo vasco, el nacionalismo español (Mario Onaindía resaltaba esto último), el independentismo violento, etc. Patxi López, es un característico exponente de la margen izquierda. Hijo de Eduardo López Albizu, un luchador del núcleo de Ramón Rubial, el lehandakari actual expresa con autenticidad, los ideales de un País Vasco moderno, de industrias, de técnica y de solidaridades obreras. Antonio Basagoiti, representa bien a la margen derecha de la Ría. Pertenece a una familia bilbaína de banqueros y empresarios de la energía, ha sido concejal de Bilbao, y ha formado parte de su gobierno municipal con un alcalde nacionalista vasco. No es un dogmático, y su relación con Javier Arenas, nos pone en la pista de que sus referentes políticos son la UCD, más que la antigua AP.
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