19 de febrero de 2020, 2:58:23
Opinion


Una solución diplomática para Honduras

Javier Zamora Bonilla


La situación que vive Honduras es una muestra de la peor herencia del siglo XX en la América hispana y al mismo tiempo un buen ejemplo de la incapacidad de la comunidad internacional para conseguir el respeto de los principios democráticos. El idealismo wilsoniano que llevó a la formación de la Liga de Naciones tras la Primera Guerra Mundial, cuando se pensaba que el mundo se iba a regir por las normas de la democracia, fracasó hace demasiado tiempo como para seguir creyendo en él como en la Virgen del Rocío. La Segunda Guerra Mundial fue el mejor ejemplo de ese fracaso, y la ONU, el exponente de un intento de rectificación, no del todo fructífero, como muestran no sólo la Guerra fría sino también el gran número de conflictos menores, pero con millones de víctimas, que desde la Segunda Guerra Mundial a la fecha se han producido.

La diplomacia ha fracasado constantemente durante este medio siglo, primero en la evitación de esos conflictos y, segundo, en su capacidad para comprender y hacer comprender a los gobiernos los factores que hacían posibles esos conflictos. Esperemos que ese fracaso no se vuelva a producir en Honduras y la diplomacia pueda evitar una guerra civil y la imposición de un gobierno dictatorial.

Quizá muchas guerras se hubieran evitado si existiese una organización internacional que tuviese a su disposición unas fuerzas de intervención rápida, dotadas de los mejores medios y de la más alta tecnología, capaces de interponerse entre los bandos en conflicto en situaciones como la que ahora se produce en Honduras; fuerzas que se rigiesen por el principio de evitar el derramamiento de sangre pero que al mismo tiempo no dudasen en actuar con la máxima contundencia si fuera necesario, y en cuestión de días, de horas si fuera posible, pudiesen tomar al asalto los principales centro de poder y de comunicación. Fuerzas que se ganasen el respecto internacional por su responsabilidad y su eficacia, y que sólo su existencia fuese ya disuasoria de atentados contra la democracia y los derechos fundamentales. Fuerzas para actuar que apenas actuasen.

La intervención de la OTAN, aunque tardía, en la guerra de Yugoslavia es el ejemplo más parecido de lo que aquí se propone, y el que mejor resultado ha ofrecido en los últimos años, a pesar de que aún quedan cuestiones por resolver. El ideal sería que esas fuerzas se pusiesen bajo el control de la ONU o de un organismo específico que se crease al efecto. Los Estados deberían comprometerse a financiarlas muy generosamente y crear una ágil estructura de decisión, con unas normas muy claras de las circunstancias que habilitasen su actuación y las formas de la misma. Estas fuerzas de intervención deberían organizarse regionalmente y tener, por lo menos, cuerpos estables y siempre en permanente capacidad de actuación en cada uno de los continentes.

No se me escapa que hay un grado de utopía en lo que aquí se plantea, empezando porque no hay un consenso internacional sobre lo que es la democracia ni sobre el respeto a los derechos humanos, y que la propuesta no es viable si algunos de los países implicados en un conflicto fuesen, por ejemplo, Estados Unidos, China, Rusia, India, Brasil, algunas potencias europeas..., pero me parece que sería un avance sustancial.
En el fondo supondría la defensa de unos principios mínimos de convivencia política y el rechazo definitivo a la resolución de los conflictos por medio de guerras entre las grandes potencias del mundo. Un ejército común europeo ayudaría mucho a esta causa.
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