24 de octubre de 2019, 1:20:04
Opinion


El Príncipe Negro

Antonio Hualde


Quien visite la catedral de Canterbury, en Inglaterra, quedará cautivado por la que es sin duda una de las joyas del gótico ingles. Pero, como todo buen templo histórico que se precie, parte de su atractivo radica en los personajes ilustres que se encuentran allí sepultados. Por ejemplo, Santo Tomás Beckett, asesinado en el atrio del propio templo y protagonista de las ulteriores peregrinaciones que desde toda Inglaterra tendrían como meta la capilla donde se guardan sus restos. Precisamente los “Cuentos de Canterbury”, de Geoffrey Chaucer, habla del viaje que emprenden una serie de personajes para venerar las reliquias del santo.

El otro personaje cuya sepultura puede hoy contemplarse en la catedral del Canterbury es Eduardo de Woodstock. El nombre en sí puede que no nos diga nada, pero para los ingleses es uno de sus caballeros más notables. Hijo primogénito del rey Eduardo III, fue el segundo en ostentar el título de Príncipe de Gales, aunque el legendario nombre con el que pasó a la historia fue el de “Príncipe Negro”. Dicho apelativo provenía del color de su armadura, visible en todo el campo de batalla. Eduardo nunca rehuyó el combate. Antes al contrario, puede decirse que su empuje fue decisivo en dos de las batallas más decisivas de la Guerra de los Cien Años, Crecy y Poitiers. A el se debió el aniquilamiento de casi la mitad de la nobleza francesa en Crecy, donde los arqueros ingleses con sus largos arcos ("longbows") dieron buena cuenta de los caballeros franceses, en lo que supuso el fin de la caballería como arma invencible. Su sola mención causaba pavor en Normandía y Bretaña, zonas que asoló con sus "chevauchées" (cabalgadas en las que los ingleses destrozaban todo a su paso) sin apenas oposición.

Participó también con éxito en la etapa española de la Guerra de los Cien Años, aliándose con las tropas de Pedro I el Cruel. Juntos derrotarían a Enrique IV de Trastámara (futuro vencedor del conflicto sucesorio hispano) en Nájera pero, disgustado con Pedro I ante sus incumplimientos y la conducta de sus tropas decidió volver a Inglaterra, donde moriría en 1376. Su trayectoria militar estuvo jalonada de éxitos, y la reputación que se labró en el campo de batalla (fue herido en más de una ocasión) le confirió un aura de valor que le acompañaría hasta el final. Incluso su propio epitafio, dictado por él mismo, es digno de tenerse en cuenta: "vos que pasáis en silencio por el lugar donde yace este cuerpo, escuchad lo que os tengo que decir: igual que sois, fui yo, y vos seréis como yo soy”. Se entiende que, para los ingleses, “the Black Prince” sea todo un personaje. Para los franceses, no tanto.
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