27 de septiembre de 2021, 2:32:58
Opinión


El G-8 e Italia

Andrea Donofrio


La cumbre de jefes de Estado y de Gobierno del G-8, celebrada en la ciudad italiana de L’Aquila, epicentro de la tragedia del seísmo del pasado abril que dejó 299 muertos, se concluyó este viernes con muchas promesas y pocos resultados concretos. El encuentro, organizado por el controvertido Presidente del Consejo italiano, Silvio Berlusconi, despertaba muchas expectativas por sus repercusiones a nivel mundial y, al mismo tiempo, curiosidad por los escándalos en que el primer ministro resulta involucrado.

Después de tres días de encuentros y debates, los países del G-8 concluyeron con algunos importantes compromisos y promesas: en primer lugar, acordaron donar 20.000 millones de dólares contra el hambre, un compromiso necesario –aunque considerado por muchas organizaciones internacionales y ONG como insuficiente- para contribuir a la seguridad alimentaria en el mundo; respecto a la crisis económica, los países han lanzado un mensaje de confianza, anunciando nuevas medidas sobre cómo “intervenir para bloquear” las situaciones especulativas y vigilar la volatilidad del mercado del petróleo; por cuanto concierne a los organismos internacionales, se abordó la posible institucionalización en un futuro del G14, formado por el G8 más los países del G-5 (China, India, Brasil, México y Sudáfrica) y Egipto. Finalmente, en L’Aquila, los países del G-8 han acordado reducir sus emisiones en un 80 por ciento para 2050, mientras los del G-5 sólo accedieron a comprometerse con que la temperatura media global no aumente más de dos grados centígrados respecto a la época preindustrial.

Berlusconi, en calidad de presidente de turno del G-8, ofreció la rueda de prensa final en que mostró su satisfacción por el encuentro, considerando “proficua y positiva” las reuniones mantenidas con los líderes políticos de todo el mundo. Entre las novedades de mayor relevancia resulta la posible ampliación de la institución, cuya necesidad responde a la gravedad de las decisiones tomadas, de alcance global. Al mismo tiempo, se subrayó el cambio de signo en el Gobierno estadounidense, tras el relevo del anterior presidente, viendo en eso una de las razones del éxito de algunas iniciativas y del proliferar de discusiones alrededor de temas antes vetados.

El encuentro resultaba de gran importancia por Silvio Berlusconi, víctima, en las últimas semanas, de numerosos ataques (e ironía) por parte de la prensa internacional por los escándalos internos: además, el carácter del primer ministro italiano avivaba perplejidades generalizadas. Sin embargo, la importancia del evento dejaba esperar que el Cavaliere asumiese una postura atenta y ponderada, evitando caídas de estilo o meteduras de pata. Afortunadamente, Berlusconi ha resultado un anfitrión discreto y un óptimo maestro de ceremonias, tanto que los medios de comunicaciones mundiales, de acuerdo con los nacionales, han celebrado el evento como una “victoria personal” del Cavaliere. Berlusconi, cuya imagen parece salir reforzada, puede alegrarse de haber recibido palabras de elogio por parte de Obama y de aprobación del evento organizado por gran parte de los mandatarios presentes. Pese a representar una incógnita, la decisión de celebrar el evento a L’Aquila fue un acierto: el clima conmovedor de los escombros, la imagen del arte italiano herida, la lenta reconstrucción han sido el perfecto escenario del encuentro. Citando Erasmo de Rotterdam, Berlusconi ha subrayado como “muchas veces, las decisiones más representativas son el fruto de una clarividente locura”.

Sin embargo, el encuentro del G-8 debe ser considerado un éxito nacional, ya que Italia ha desempeñando en el mejor de los modos su papel de anfitrión, consiguiendo también que algunas posturas político-económicas del gobierno italiano asumiesen gran relevancia en los debates entre los grandes. También, merece la pena subrayar que ha quedado infundado el temor que los acontecimientos privados de Berlusconi pudiesen mellar al evento, con graves consecuencias (políticas y de imagen) para el país: la sociedad civil (medios de comunicación nacional y oposición incluida) han mostrado su sentido del Estado y responsabilidad, evitando ataques y polémicas personales con el Cavaliere, fieles al refrán de que “los trapos sucios se lavan en casa”. En juego resultaban los intereses nacionales y el gobierno, democráticamente elegido, representa al país entero, independientemente de que se comparta o menos su acción. Sin embargo, el “problema” Berlusconi o mejor dicho, los “problemas” de Berlusconi siguen en pie e Italia sigue representando una anomalía, un fenómeno político que merece gran atención y preocupación representando un modelo exportable o de emulación. La esperanza es que la asunción de responsabilidad de Berlusconi no represente una postura temporal, forzada, sino que corresponda al deseo de cambiar estrategia y actuar, por fin, en el interés del país, evitando situaciones incómodas y controvertidas.
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