21 de septiembre de 2021, 19:10:57
Opinión


Clero vasco y violencia

EL IMPARCIAL


Los tres obispos vascos, acompañados de más de doscientos sacerdotes, concelebraban este pasado sábado una eucaristía en memoria de catorce sacerdotes vascos asesinados durante la Guerra por el bando de Franco. Al mismo tiempo, pedían perdón por el injustificable silencio del episcopado vasco ante estos hechos, considerándolo no sólo como una “omisión indebida, sino también una falta a la verdad, la justicia y la caridad”. Todo ello es cierto y justo, aunque llegue un poquito tarde. Está fuera de toda duda que la Iglesia padeció una persecución inmisericorde durante la Guerra, a manos de milicianos y sindicalistas armados, sin que el gobierno de la República pudiera o quisiera impedirlo. Miles de sacerdotes fueron asesinados por el hecho de serlo. Esto son hechos probados. También lo es que la Iglesia no reaccionó a este martirio con caridad cristiana sino con militancia de cruzados, apoyando y santificando un régimen de venganza que siguió persiguiendo, encarcelando y asesinando mucho después de finalizada la Guerra. Desde el punto de vista de sus creencias –y de las de la gran mayoría de los ciudadanos, creyentes o no- es comprensible y sano que la Iglesia tenga remordimientos y pida perdón. Otro problema es haber perdido la oportunidad de hacerlo en sazón. Porque todo ese horror pasó hace mucho, muchísimo tiempo. Tanto, que la inmensa mayoría de la sociedad española actual quiere “echarlo al olvido” con el postrer ruego de don Manuel Azaña: “paz, piedad, perdón”.

Sea como quiera, los obispos vascos piden por fin perdón por el silencio guardado ante asesinatos cometidos hace setenta y tantos años. Tienen perfecto derecho a hacerlo. Con todo, llama poderosamente la atención el silencio ante lo ocurrido en nuestra época: los años de ignominia y desprecio para con las víctimas del terrorismo y sus familias. Siniestros personajes como el obispo emérito de San Sebastián, José maría Setién, ahondaron en el dolor de quienes habían perdido a algún ser querido con tibias y complacientes homilías, en las que, estableciendo una equidistancia inmoral entre víctimas y verdugos, prestaban cobertura social al terrorismo. O bien guardaban silencio, hasta negándose a celebrar un funeral por una víctima de ETA con el cadáver aún sin enterar. Silencio que en ocasiones se tornaba en clamor, ese que desde ciertos púlpitos glosaba las hazañas de los hijos predilectos de municipios como Hernani o Rentería, entre cuyas proezas más significativas estaban los asesinatos de inocentes. Así pues, si los sacerdotes vascos sienten remordimientos, sea en buena hora pero, en coherencia con un sentimiento de caridad cristiana, debían evitar administrar su remordimiento según el viento de la opinión nacionalista dominante. La implicación activa de la Iglesia, más valerosa que calculada, en la regeneración moral del País Vasco sería de una ayuda inestimable. Por eso, el clero vasco debería sentirlo como un imperativo moral y una forma de expiación.
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