20 de julio de 2019, 2:51:03
Opinion


Moratinos en Gibraltar

Rafael Sánchez Mantero


Tengo todavía algunos amigos que se niegan a pisar el Peñón mientras que ondee en él la bandera inglesa. Se trata de una actitud muy arraigada en muchos españoles que consideran que Gibraltar es un territorio injustamente usurpado a España por Inglaterra. Tampoco lo ha pisado nunca ningún ministro español. Sin embargo, los contactos entre los habitantes de uno y oto lado de la verja gibraltareña han sido y son, por lo general, fluidos y cordiales. Y es que una cosa son las relaciones de buena vecindad y otra muy distinta los derechos sobre la soberanía. Hubo una época en que las autoridades militares del Campo acostumbraban a realizar una visita de cortesía al Gobernador de Gibraltar cuando tomaban posesión de sus cargos. La recepción de que eran objeto en la colonia inglesa era de gran pompa y solemnidad. Música, desfile militar y ágape social en El Convento con presencia de una representación de la sociedad gibraltareña. Por su parte, los gobernadores gibraltareños solían también hacer visitas al entorno del Peñón. Hubo alguno, incluso, como fue el caso de Sir George Don, que compró una casa en San Roque para pasar allí los días de asueto que le permitía el ejercicio de su cargo. Hoy día tampoco es extraño ver a algunos notables gibraltareños, incluido el propio Peter Caruana, en la vecina y exclusiva urbanización de Sotogrande.

Sin embargo, la diplomacia española siempre se ha mantenido firme en su postura. El Tratado de Utrecht establecía claramente que si Gran Bretaña renunciaba a la soberanía de Gibraltar, ésta revertiría de nuevo a España. En 1963, cuando Inglaterra pretendió la descolonizar el territorio ante la ONU y concederle la autonomía, el Ministro Castiella actuó con diligencia para abortar la maniobra. Aquello tensó las relaciones y al final condujo al cierre de la verja. Al cabo de los años, las buenas relaciones se restablecieron y poco a poco el tránsito por la frontera en una y otra dirección volvió a recuperar la normalidad.

Ahora se anuncia la visita de Moratinos a Gibraltar. Los “llanitos” se frotan las manos una vez más: primero se les concede sentarse en la mesa de negociaciones; en la mesa, impiden hablar sobre la soberanía; y ahora consiguen romper un veto mantenido por los gobiernos españoles de todo signo desde la ocupación inglesa de la Roca. Por primera vez, un Ministro español de Asuntos Exteriores pisará el territorio de la colonia. Allí se va a reunir el Foro Tripartito, y está bien que se reúnan representantes de Gran Bretaña, España y Gibraltar, puesto que hay que resolver cuestiones de interés para la zona. Cuestiones relativas a los vertidos tóxicos, al paso por la frontera, al tráfico marítimo o a la cooperación policial y judicial. Pero para tratar estos asuntos, al Gobierno español le bastaría con enviar a un alto funcionario, no al Ministro. La presencia de Moratinos en Gibraltar es una concesión innecesaria que puede ser mal interpretada. En la diplomacia, los gestos no dejan de tener sus consecuencias. Resérvese el Ministro para reclamar la soberanía, no para las cuestiones de buena vecindad.
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