14 de octubre de 2019, 22:15:30
Opinion


¿Cuándo la vida es vida y quién decide? De padres, madres y progenitores

Emilio Lamo de Espinosa


Supongamos que a una mesa le quitamos una pata primero y otra después, y las arrojamos por la ventana ¿Sigue siendo una mesa? Y si ahora le quitamos la tercera pata y luego la cuarta, y de nuevo las arrojamos a la calle, ¿sigue siendo una mesa? Parece evidente que la tabla desvencijada que nos queda ya no es una mesa. Pero entonces, ¿cuándo la mesa dejó de ser mesa? ¿Al perder una, dos, tres, o las cuatro patas? Y si lo hacemos al revés y a una tabla le vamos añadiendo patas una a una, ¿cuándo empieza a ser mesa?

Parece tema trivial pero si lo llevamos a los asuntos humanos la cosa se complica. ¿Cuando es vida la vida humana y cuando no? ¿Cuándo un embrión es niño y cuando ha muerto un enfermo? Son procesos, no eventos, variables continuas, no discretas, y fijar los límites no es tarea fácil. Dejemos para otra ocasión la cuestión similar de la eutanasia (¿cuándo acaece la muerte y quien decide?) y centrémonos en el aborto.

Por ejemplo, parece claro que el niño no lo es todavía en el instante de la concepción, y sin duda lo es minutos antes de nacer. Son los dos extremos. Pero entonces, ¿en qué momento de los nueve meses de la concepción lo que era un “feto” devino “niño”, “persona”? Sólo unos pocos sostendrán que lo es desde la misma concepción. Y sólo unos pocos sostendrán que no lo es sino justo antes del nacimiento. La mayoría fijaremos un momento intermedio pero ¿en función de qué criterio? Algunos argumentarán que debe tener figura humana. Otros, que debe ser viable, lo que evidentemente dependerá del desarrollo tecnológico y del equipamiento de que se disponga en ese instante. La respuesta dependerá de muchos elementos subjetivos y personales, altamente sensibles, entre los que no es fácil buscar un acuerdo. Llevamos décadas discutiendo en todo el mundo y todavía no hay un consenso claro y el debate sigue abierto en casi todos los países entre pro-vida y abortistas.

Y tras el momento, el segundo problema del aborto es, sin duda alguna, la circunstancia ¿Quién condenaría el practicado a una adolescente que ha sido violada, por ejemplo? Que la madre sea adulta o adolescente, esté casada o sea soltera, con o sin recursos económicos, que el embarazo haya sido voluntario, involuntario o incluso forzado, todas y muchas otras circunstancias son muy relevantes a la hora de aceptar un mal como solución. Pues de eso se trata: de causar un mal que sea inferior al mal que se trata de evitar con el parto.

En resumen, si hay algo claro en la pregunta es que no hay una respuesta clara. Bueno, sí, hay dos respuestas rotundas de las que deberíamos huir, dos dogmatismos casi simétricos: el de quienes dicen que es niño desde la concepción y el de quienes dicen que sólo lo es al nacer. Unos aseguran que lo que todavía no es vida humana, ya lo es. Los otros aseguran que lo que es ya vida humana, todavía no lo es. Unos extreman la protección; los otros la menosprecian. Decía antes que eran casi simétricos; lo son lógicamente, pero no en la realidad, pues tratándose de algo tan importante como la vida deberíamos aplicar el principio de precaución, y más vale pasarse que quedarse. Por decirlo de otro modo, trivializar el aborto es, como regla, peor que magnificarlo.

Por ello es tan importante el discurso que envuelve el argumento. Tratar el aborto como si fuera un tema de salud es trivializarlo, y no digamos si se equipara con una operación de estética. Comparaciones odiosas que banalizan un tema muy serio. Pero también lo
es acusar de homicida, o incluso de asesino, a quien practica un aborto a una embarazada de dos meses.

El problema es que aunque no hay respuesta rotunda, sin embargo necesitamos una norma jurídica, y esta sólo existe si hay respuesta rotunda, sin área de penumbra alguna. En estas condiciones (jurídicas, que no morales) el tema solo se puede abordar con tres principios. El primero es evitar demonizar a quien tiene una sensibilidad distinta, pues su opinión es tan respetable como la propia y este asunto (como el de la eutanasia) vamos a tener que discutirlo durante mucho tiempo. El segundo principio debe ser el de eliminar ambos extremos buscando algún terreno intermedio; a todos nos horroriza un aborto de un feto de cinco meses pero pocos atacaran el practicado en las primeras semanas. Una ley de plazos es algo razonable y sencillo de administrar, y por ello es el método más usual de regulación jurídica. Método que deja a la conciencia de los afectados (mujer y médico) la valoración moral del caso concreto. Y finalmente, el tercer principio es que no todo lo que está permitido es bueno, y una ley de plazos pasa por alto muchas consideraciones, en uno u otro sentido. Puede que, en ocasiones, sea moralmente razonable practicar abortos fuera de ese plazo; puede que, en ocasiones, no se lo sea dentro del plazo. Es lo que tiene hacer claro y rotundo (jurídico) lo moralmente confuso. Y es la sociedad la que debe valorar esos asuntos con juicios morales que, eventualmente, pueden dar lugar a ulteriores modificaciones de la legislación.

De modo que, en ese marco legal, decide, al final, la madre ¿Ella sola? Parece que para que haya feto debe haber padre. Pero sorprendentemente de él nadie habla ni una palabra. Bueno sí, se discute si el padre y la madre de la madre, es decir, los abuelos, deben intervenir en el caso de una menor de 16 años. Parece evidente que en eso consiste la minoría de edad, en que no se pueden tomar decisiones importantes sin autorización o consejo. Pero yo hablo del padre biológico, al que todos hemos olvidado. Porque supongo que algo debería contar, en algo debería intervenir, dado que, si la madre decide continuar con el embarazo, el deberá asumir la obligación de alimentos. Es más, parece razonable suponer que la opinión del padre es importante a la hora de que la madre tome una decisión. ¿Va a asumir la paternidad moral y no solo la jurídica, que es obligatoria? ¿Desea casarse con la madre si no lo ha hecho ya? Y si ya lo ha hecho, ¿es razonable que la esposa asuma la decisión de abortar sin siquiera consultar al marido? ¿No es un poco fuerte que el marido pase de padre a simple progenitor?

Hace años señalé en un trabajo sobre la familia que estábamos asistiendo a la progresiva feminización de la paternidad, de modo que es la parte femenina de la especie la que decide libremente sobre la reproducción sin intervención alguna de la parte masculina. Nos guste o no, esta legislación refuerza esa “feminización de la reproducción” –así la llamaba- pues debilita el rol del padre y le distancia de sus hijos biológicos. La reacción masculina es obvia y comprensible: tú decides, pues bien, allá tú con tu decisión. De modo que, como ocurre con frecuencia, esta ley, que pretende reforzar a la mujer, al alejar al padre y atribuirle a ella toda la responsabilidad en la filiación, puede que acabe generando lo contrario de lo que busca. No olvidemos que la feminización de la reproducción es también la feminización de la pobreza, a la que estamos asistiendo de modo creciente (lo que es también, por cierto, la infantilización de la pobreza): una sociedad sin varones que asuman el rol de padre, limitados a la tarea de progenitores y pagadores, mientras las mujeres asumen crecientemente, ellas solas, la tarea esencial de asegurar la reproducción.

El gran antropólogo polaco Malinowski elaboró hace décadas lo que llamaba el “principio de paternidad”: "ningún niño debe ser traído al mundo sin un hombre -un solo hombre- que asuma el papel de padre sociológico, es decir, el papel de guardián y protector, el vinculo masculino entre el niño y el resto de la comunidad". Se trataba, según él, de un universal sociológico más que de una norma moral o jurídica: dado el carácter notablemente adaptativo de este principio, que asegura una mayor eficiencia en la reproducción, todas las sociedades humanas lo habían aceptado y en todas existía un padre sociológico, fuera o no el padre biológico ¿Estamos más allá del principio de paternidad? Puede que todavía no, pero sí ciertamente un poco más lejos. Estamos progresivamente sustituyendo la protección masculina de la madre por la protección estatal y la auto-protección (el famoso “apoderamiento” de la mujer). Ello es bueno a mi modo de entender pues debilita la secular dependencia de la madre y la emancipa. Pero la creciente feminización de la pobreza prueba que el ritmo no es el adecuado y las madres no están ganando en protección estatal y auto-protección tanto como lo que pierden en protección masculina. Y ello en el supuesto, mas que dudoso, de que sea bueno (objetivamente hablando, es decir, desde el punto de vista de los intereses generales) eliminar la figura del padre. Pero esta es, me temo, una batalla perdida.
El Imparcial.  Todos los derechos reservados.  ®2019   |  www.elimparcial.es