16 de septiembre de 2021, 13:40:01
Opinión


Berlusconi, nuevamente cuestionado



El primer ministro de Italia, Silvio Berlusconi, vuelve a los honores de la crónica después de que el periódico semanal “L’Espresso” publicase cinco grabaciones de los encuentros entre el “cavaliere” y la escort (prostituta de lujo), Patrizia D’Addario. Las cintas confirman la historia contada por la D’Addario a los fiscales de Bari y a algunos periódicos extranjeros, demostrando que el presidente del gobierno italiano mintió públicamente cuando afirmó no conocerla y haber sido “pagada” para montar este complot.

Después del buen resultado del G-8, donde Berlusconi ha sido capaz de desempeñar en del mejor de los modos su papel de anfitrión, el Presidente consideraba pasada la tormenta y su posición más sólida. Lamentablemente, los acontecimientos público-privados del Cavaliere, arrinconados en aquel periodo, fieles al refrán de que “los trapos sucios se lavan en casa”, reaparecen con toda nitidez y obligan, una vez más, al país, a una atenta reflexión. Para empezar, porque evidentemente el Primer Ministro miente y lo hace públicamente sin ningún reparo. Los escándalos de menores, vedette y prostitutas superan la esfera privada del magnate y presentan un cuadro preocupante. Si es verdad que la vida privada de un líder desvela su carácter, Italia debe preocuparse seriamente. Berlusconi ha convertido su vida pública en privada y viceversa, escudándose según las circunstancias y rechazando contestar a cualquier tipo de pregunta sobre el tema. Pero las grabaciones confirman que ha mentido a la sociedad y a las instituciones.

Por eso, la buena conducta en l’Aquila del Premier no debe confundir a la opinión pública italiana: el “problema Berlusconi” o, mejor dicho, los “problemas” de Berlusconi no han desaparecido e Italia sigue representando una anomalía, un fenómeno político que merece gran atención y preocupación, en la medida que pudiera proyectarse como un modelo exportable o de emulación. Mientras el país ve con inquietud el empeoramiento de la crisis económica, la esperanza es que la asunción de responsabilidad mostrada por Berlusconi en ocasión del G-8 no representó una postura temporal, forzada, sino que corresponda al deseo genuino de cambiar de estrategia y actuar, por fin, en el interés del país, evitando situaciones incómodas y controvertidas. Primero, deberá responder de sus acciones y declaraciones en el Parlamento, explicando su actuación en la sede oportuna y no en un programa televisivo, como hizo en el caso del Noemigate. Luego, el Presidente del Gobierno deberá actuar en el interés colectivo, evitando acciones ad personam y planteando una estrategia eficaz y a largo plazo sobre cómo enfrentar la crisis económica. La pérdida de popularidad debe ser interpretada como una señal crítica y un toque de atención: Italia necesita reformas y una gestión seria, ya.
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