1 de abril de 2020, 5:52:47
Opinion


Los “Híper”

José Suárez-Inclán


Siempre un mercado antes que un hipermercado. Siempre un crítico antes que un hipercrítico. Imposible encajar el espacio comedido del mercado en la megalomanía del hipermercado; la propia palabra —un noble trisílabo— tiene un trato difícil con la afectación grandilocuente del pentasílabo. El mercado —transacción de productos y de sabiduría popular— no es el cuarto de estar ni el emparrado familiar del verano, pero está más cerca de la sombra amena del patio de vecinos que del terrible vacío solar o de las pálidas simas lunares —más bien marcianas— del hipermercado. Transitan y se afanan por el uno, conocidos y anónimos confundidos en un territorio proporcionado que es pueblo y ciudad, verdadera aldea global del comercio; por el otro, junto a las hordas cazadoras de ofertas, circulan perdidos matrimonios con niños, ancianos al despiste y jóvenes gritones que pasan la tarde entre risas, tedio y codicias, por los pasillos sin árboles ni escaparates, bancos ni flores del hipermercado. Un desorden militar, una inquietante falta de armonía guía sus pasos. La cantidad abruma, la cata y la charla son puras quimeras. 

Los mercados, los honrosos mercados, llenos de natural dignidad, de cervantino humor y tolerancia, de resuelta humanidad, han ido cediendo el paso al indefinible olor a panel del hipermercado; el controlado barulleo de aquellos, al tumulto estrepitoso de estos.  

La literatura, las artes plásticas, la música, el cine y el teatro, que no se sustraen a la normativa inexorable del tiempo, han ido igualmente cediendo el sitio de la crítica al de la hipercrítica. También en los toros la balanza empieza a desequilibrarse. Más crítica que crónica, más frenética que ponderada, más frenopatológica que apasionada. 

En el caso taurino se ha producido un curioso encuentro —o un encontronazo— tal vez más saludable de lo que pueda parecer a simple vista. La memorable encerrona de José Tomás con seis toros en la Monumental de Barcelona, con salida en hombros por la Puerta Grande, parece que ha desatado cierta controversia.1 Polémica entre colegas en la que se barajaron motivos y causas de variado pelaje: desde susceptibilidades regionales, intereses económicos y publicitario-propagandísticos, hasta disputas y ajustes de cuentas de irisado cariz, con reivindicaciones personales de orden cultural, intelectual y hasta formal. Puede. De todo un poco. Con sus medias verdades y sus supercherías. Pero sobre todo, se ha producido una batalla comercial: quiero decir, una batalla que ya lleva muchos años en el comercio: la de los mercados frente a los hipermercados; la de los críticos frente a los hipercríticos. Una batalla de estos tiempos. Tiempos en los que, esperemos, todos quepan. 

Hipercríticos, bruñidores de pureza, delegados de la Congregación para la Doctrina de la Fe Taurina, martillo de toros y toreros, de otros críticos, del público, del mundo, de todo. Gentes veloces, frenéticas, que pasan de la reflexión al casticismo, de la exigencia a la ferocidad, de la causticidad a la contradicción, de la firmeza a la soberbia, del humor a la mueca, como AVEs por el apeadero. Gentes tiesas a las que conviene con urgencia pasear por la orilla de un río para ver con qué natural y graciosa sabiduría se cimbrean los juncos y las espadañas. Y es que hay demasiadas colas en las cajas del “híper” para pararse a reflexionar, y demasiados neones para importar casticismo; un circuito extremadamente rápido para la contemplación y el diálogo, el paseo y el vermú.  

Frente a estos, los críticos, suficientemente paseados por las plazas abarcables y variadas del mercado como para saber que el mundo —y el toreo— es mejor que no esté hecho a una medida: a la suya. Y procuran mirar, ver, intuir, reflexionar, reconocer…Desde el producto honesto hasta la obra de calidad extremada, desde el envoltorio y el disfraz, hasta la esencia viva de las cosas. Saben que los protagonistas del mercado no son ellos. Ni siquiera los clientes. Pero que un mercado sin gente, no es mercado; que en la plaza —repito a Bergamín— “el pueblo siempre es minoría, (…) es el torero” y que su visión, personal y subjetiva, no tiene de esencial ni de infalible, más que la autenticidad y el estilo. Que viene a ser lo mismo.
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