26 de septiembre de 2021, 10:42:01
Opinión


La corrupción que no cesa

Enrique Aguilar


“… A medida que crece el mal, se empequeñecen los malvados.” En estos días, al releer este pasaje de Octavio Paz en El ogro filantrópico, pensé en algunos países de Latinoamérica sacudidos por frecuentes escándalos de corrupción, casi nunca resueltos, sin culpables ni condenas, como si un secreto a voces circulara por los pasillos de los tribunales, a saber: que los delitos de corrupción son lo que en derecho constitucional se denomina “actos políticos no judiciables”.

Como una mentira hace ciento, así también la corrupción se desparrama con el guiño favorable de algunos sectores civiles sin los cuales la venalidad de los funcionarios no sería rentable. Y entonces, “a medida que crece el mal, se empequeñecen los malvados”. “Ya no son seres de excepción (continúa Paz) sino espejos de la normalidad”. En efecto, no nos asombra su inescrupuloso manejo de las arcas públicas, ni el crecimiento exponencial de su patrimonio, sino la insignificancia de sus palabras, su inteligencia limitada y, a la postre, su mediocridad.

Trátese de presidentes, ex presidentes, legisladores, ministros, secretarios de gobierno… Da exactamente lo mismo. Es un paisaje cotidiano que, puesto que no nos asombra, tampoco nos quita el sueño ni menos aún nos rebela, quizá por miedo a trastocarlo, quizá porque en el fondo no queremos violentar a nuestra naturaleza.

Desde la recuperación de la democracia, las sociedades latinoamericanas han progresado mucho, algunas más que otras por cierto. Dejaron atrás, nada menos, los crímenes de Estado y una larga veda electoral. Pero la corrupción persiste y no se detiene, como un mal incurable. Mientras ello ocurra, me temo que seguiremos siendo demócratas sin convicción, meros consumidores de decisiones públicas encerrados cada vez más, como diría Tocqueville, en la soledad de su propio corazón.
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