15 de octubre de 2019, 18:46:05
Opinion


Los incendios provocados: de pirómanos e incendiarios

Alicia Huerta


Es verano, el calor es tan tremendo como corresponde y los que aún siguen trabajando han dejado de sentirse tan afortunados por conservar su empleo en plena crisis y, agotados, piensan con ansia en las merecidas vacaciones. Si a principios de semana aún se pensaba en dejar rematados esos asuntillos descuidados durante meses por la falta de tiempo, hoy, a pocas horas de agarrar la maleta y salir corriendo, la mejor decisión es despejar el escritorio de tanto papel y aparcar lo que no sea urgente para retomarlo, se supone que con más ganas, en septiembre. En realidad, nunca es así porque luego toca recuperarse de la depresión postvacacional, organizar los uniformes y los libros de los críos y acostumbrarse de nuevo a madrugones y atascos. En definitiva, que si ya hace quince días de julio en los que las cosas se han ido parando, en septiembre harán falta otros quince para decidirse a recuperar los asuntos del olvidado cajón y ponerse en marcha.

Es el periodo de romper rutinas e incumplir horarios, de relajarse y dejar todo para el nuevo curso. Al menos, para la mayoría. Porque para otros, para los que luchan contra el fuego, es la época del año en la que sudan ceniza y se juegan el pellejo. Y la historia del fuego es la misma de todos los años. Las imágenes de las descontroladas llamas devorando verdes hectáreas y desalojando asustados pueblos no cambia. Los países mediterráneos, junto con California y Australia, tienen siempre las papeletas ganadoras para convertirse en lugar chamuscado y, como en un macabro juego de azar, se turnan en el negro protagonismo de la belleza natural devastada. Y este año parece que el “gordo” le ha tocado España. Pero lo peor, sin ninguna duda, es cuando a la destrucción de la vida vegetal o animal, se une la humana. En el triste balance de este caluroso verano español la cifra de fallecidos es más que preocupante porque ya van once muertos, nueve de ellos bomberos, y un día tras otro se sigue cumpliendo el peligroso requisito de los 3 treinta: viento de más de 30 kilómetros, temperatura superior a los 30 grados y humedad inferior al 30%.

Condiciones realmente peligrosas para que cuando la gente se descuida, y guarros y descuidados lo somos en general un rato, el campo se vuelva una gigantesca pira capaz de llevarse todo lo que se le ponga por delante. Además, y aún conociendo demasiado bien el endémico mal que nos amenaza cada verano, siguen faltando cortafuegos y también una labor mucho más eficaz en la necesaria limpieza y conservación invernal. Pero es que, encima, están los incendiarios y los pirómanos. Los primeros, no sé si llamarles sólo imbéciles o añadir además algo como egoístas malvados, incendian intencionadamente un terreno con ánimo de lucro o de venganza, ya le ponen a uno los pelos de punta; pero a los segundos, a los que se deleitan mirando el fuego que han provocado, habría que tenerles mucho más vigilados. Porque, por desgracia, como en la mayoría de los casos de delincuentes sexuales o maltratadores, los pirómanos no suelen rehabilitarse. Es volver a ver la calle y, como la chica de la segunda novela de Stieg Larsson, se ponen a soñar con un bidón de gasolina y una caja de cerillas. Y del sueño a la acción sólo hay un pequeño paso.
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