17 de enero de 2020, 15:13:19
Opinion


ETA en campaña



La banda terrorista ETA volvió a atacar y sin previo aviso, esta vez en la casa cuartel de la Guardia Civil en Burgos, en donde pernoctaban 120 personas, entre las que se encontraban 40 niños. Los 300 kilogramos destinados a explosionar el edificio, estaban destinados a causar una de las peores matanzas que pudo haber tenido lugar en territorio español, comparable o peor al atentado de Hipercor en 1987. Pero milagrosamente tal ejemplo de brutalidad sólo se cobró la infraestructura del inmueble y no las vidas humanas que allí se encontraban, de las cuales 60 salieron con heridas leves.

Esta vez ha habido suerte pero no siempre ocurrirá así. Parece claro que, como de costumbre y como es frecuente en este tipo de movimientos terroristas, en la banda han prevalecido los pistoleros más radicales. Y, verosímilmente, han impuesto su estrategia: incrementar el grado de violencia. En su jerga macabra pero reveladora: “poner muertos sobre la mesa” para forzar una negociación y hacerlo, sino en términos de fortaleza, al menos en una situación menos calamitosa de la que hoy día se encuentran. La idea, desde su punto de vista, será despiadada pero no es del todo descabellada.

Después de cinco años, los etarras, lo mismo que hemos hecho los demás, le han tomado el pulso al señor Zapatero, al cual ya han arrastrado una vez a la mesa de negociaciones. Han comprendido que su interlocutor, mucho más que un político de principios, es un mecanismo demoscópico, dispuesto a saltarse cualquier línea roja, a tejer y destejer, decir y desdecirse, con tal de que den bien los sondeos. Le han visto romper la sociedad constituyente básica con el centro-derecha en que se asentó la Transición para unirse a –y gobernar con- grupos secesionistas. Le han visto, en fin, cerrar el Estatuto de Cataluña a espaldas y en contra de su propio partido, pactando el texto con los rivales más directos (CiU) de su grupo en el Principado (PSC). ¿Por qué no pensar que, en una situación previsible de mayor deterioro en sus expectativas electorales, un supuesto fin de la violencia negociado sea el conejo que el Presidente se saque de una chistera tan ancha y flexible como ha demostrado ser la suya? Admitamos que, al menos, es un escenario posible.

Otra cosa es que, para la salud y equilibrio del sistema democrático, resultaría profundamente disfuncional. Ya lo sabemos. La negociación no acabará con la violencia. La incrementará, perpetuará y diseminará. El admitir la violencia en nuestro sistema como variable política efectiva, la convertirá en modelo para otros muchos contenciosos. La única forma de derrotar a ETA es llevar al convencimiento de la inmensa mayoría de sus militantes que, no importa quien gobierne, jamás habrá negociación política, aunque si pueda haberla personal. En suma, si el señor Zapatero mantiene su palabra, pero de verdad, sin política de telediario, trucos mediáticos, poses de prima donna, ocurrencias y astucias, si en las conversaciones que siga teniendo con los etarras se mantiene inflexible y creíble frente a la negociación, el fin de la violencia llegará antes que después. Porque los muertos que ponga ETA no estarán sobre ninguna mesa de negociación. Estarán sólo en los cementerios y en el dolor de todos. Afirmar que la muerte no tiene precio no es sólo una proposición moral, es también una propuesta política ponderada y acertada: el único camino de terminar con la violencia. Retiremos, pues, la mesa y las apuestas para siempre. Y evitemos que la negociación ponga un precio políticamente inasumible a lo que siempre será una tragedia irreparable.
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