19 de enero de 2020, 1:20:05
Opinion


Las raíces del terror

Alejandro Muñoz-Alonso


Después de Burgos y Mallorca ha resurgido, inevitablemente, la polémica acerca de si ETA está fuerte o débil, en las últimas o no. Se han repetido la viejas cuestiones sobre el cumplimiento íntegro de las penas (¿se acuerdan cómo se ponía la izquierda cuando hace algunos años el PP hizo esta propuesta?) y hasta se ha vuelto a proponer la cadena perpetua, como existe en otros países de la UE. Pocos, sin embargo, se han hecho la pregunta básica: ¿por qué sigue asesinando ETA? Incluso ¿por qué empezó a hacerlo hace ahora medio siglo, como también se ha recordado estos días? La respuesta es sencilla, aunque muchos prefieran evitarla: ETA existe y ha matado siempre que ha podido y lo seguirá haciendo mientras y cuando pueda porque durante treinta años se ha intoxicado –o, mejor, envenenado- a sucesivas generaciones de jóvenes vascos con una ideología tan falsa y tan criminal, por sus resultados, como los diversos totalitarismos que han ensangrentado el siglo XX. El sistema educativo vasco, en manos de los nacionalistas, ha “formado” a los jóvenes vascos en el odio visceral a España y a todo lo español, en nombre de una supuesta identidad nacional y a partir de una escandalosa y reiterada falsificación de la historia común. ETA y los nacionalistas tienen asegurado el reclutamiento de nuevas camadas de terroristas mientras no se ponga fin a esa monstruosidad, instrumentada en las aulas vascas. La llamada “alta inspección” de la educación, que el Estado tiene asignada, nunca se ha concretado ni se la ha dotado de instrumentos y, a estas alturas, ya casi nadie se atreve a hablar de ella.

Quizás no estaríamos ahora hablando del 50º aniversario de ETA si no se hubiera, irresponsablemente, cedido a la comunidad autónoma, la práctica totalidad de las competencias en educación, por medio de una interpretación abusiva y extensiva de los artículos 148 y 149 de la Constitución y por un aprovechamiento a fondo de ese otro peculiar artículo, el 150, en virtud del cual las competencias exclusivas del Estado no son, de hecho, tan exclusivas. Los beneficiarios de la primera hornada de estatutos –y no digamos los de la última- se han aprovechado de esas imprecisiones y, en ocasiones, de una cierta ingenuidad de los responsables del Gobierno central para dotarse de unos estatutos, calificados a menudo “de mínimos” (porque siempre hay que pedir más) que, como sucede con algunos de los últimos, son, de hecho, constituciones. Los gobiernos autonómicos nacionalistas, con indisimuladas pretensiones de convertirse en Estados con plena soberanía, han tenido siempre como primera tarea socavar el poder del Estado en beneficio propio. La obligada lealtad institucional, exigible en un Estado compuesto como el nuestro entre los diversos niveles de poder, aquí no ha existido nunca. Además, un inútil Tribunal Constitucional no ha entendido nunca su función ni siquiera el espíritu que inspira a la Constitución, cuya tutela tiene encomendada.

A partir del sistema educativo, de los medios públicos tantos años controlados en exclusiva por los nacionalistas y del complejo sistema clientelista creado en el País Vasco, se ha creado un clima de opinión en virtud del, cual cualquier crítica, por leve que fuese, al nacionalismo no era políticamente correcta. Cualquier desviación de ese pensamiento único nacional-soberanista y de sus falsificaciones históricas comportaba el riesgo, tantas veces hecho realidad, de la marginación e incluso de una especie de muerte civil. Basta recordar la enorme cantidad de vascos que han tenido que exiliarse para no quedar asfixiados por el irrespirable ambiente creado por el nacionalismo. Por eso quien esto firma pudo escribir, hace ya muchos años, que en el País Vasco había dos terrorismos. el salvaje, brutal y sangriento ejercido por ETA y otro más sutil, pero seguramente más efectivo y más omnipresente que emponzoña las conciencias y amordaza las bocas y que se impone con los métodos típicos de cualquier sociedad totalitaria.

Para acabar con ETA hay que profundizar, por supuesto, en las vías policial, de colaboración con Francia, judicial y penitenciaria. Hay que acabar con el caos en que algunos jueces sumen a la Audiencia Nacional. Pero, sobre todo, hay que dar la vuelta a ese clima de opinión que durante tres largas décadas ha degradado hasta la miseria al País Vasco. Esa es la principal tarea del nuevo Gobierno vasco, que debe tener mucho cuidado de no ceder ante ciertos cantos de sirena ni ante las presiones de un nacionalismo que (el árbol y las nueces) necesita a ETA para alcanzar sus objetivos, aunque hipócritamente lo niegue a veces. Sólo así se podrán arrancar de cuajo las raíces del terror.

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