25 de enero de 2021, 18:57:51
Opinión


Dios no descansa

Norberto Alcover


Madrid está vacío a comienzos de este agosto que azota nuestro territorio con fuegos infinitos y decisiones judiciales sorprendentes. La gente huye camino del descanso, de lo distinto, pero sobre todo, la gente huye hacia el mar. Sumergirse en el agua como en una burbuja aislante, más allá de males sin cuento. Parar la propia vida. Eliminar el tiempo. Y también el espacio. Acabar hasta con los sentidos, que es nuestro colmo histórico. Casi, casi no ser. Dice la gente que esta huida total está provocada por la urgencia del futuro, para recargar las pilas y volver a trabajar y a consumir. Y parece que es verdad. En su momento, explotará la burbuja y sobrevendrá ese terrible baño de realidad, que es la vida inevitable. En fin.

San Ignacio de Loyola, al final de los Ejercicios Espirituales y en su relampagueante Contemplación para alcanzar Amor, invita a que el ejercitante, trasformado desde su identificación con Jesucristo, descubra en todo cuanto le rodea, en toda la creación, el misterio de un Dios que se muestra tal que laborante, es decir, que en momento alguno deja de trabajar a favor del hombre. El hombre, desde el punto de vista del santo vasco, permanece siempre en una burbuja formada por un amor activo de su Dios y Señor, que no en vano es Padre. Y, pienso yo por mi cuenta, la santidad debe de consistir en saber vivir en el seno de tal burbuja de amor divino desde el oportuno uso de cuantas criaturas nos rodean. Algo así, que tiene que ver con nuestra plenitud.

Está bien sumergirnos en la burbuja del mar. Pero mejor sería hacerlo en esa burbuja de amor infinito, contemplando, de la mano de Ignacio, el amor de Dios derramado en cada criatura. Y en lugar de aislarnos para el futuro, crear desde ya ese mismo futuro en el corazón de tal burbuja. Tal vez, a esta experiencia le llamemos creer.
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