20 de noviembre de 2019, 21:38:22
Opinion


Alemania recuerda su pasado, España lo olvida

William Chislett


Hace poco visite la cárcel en Berlín de la Stasi, la policía secreta de la antigua República Democrática de Alemania (RDA) y el “escudo y la espada” del SED, el partido oficial. Después de la Segunda Guerra Mundial, se instaló un campo de encarcelamiento soviético en un terreno donde se encontraba una cantina de gran tamaño del nacionalsocialismo, el partido de Hitler. Desde aquí unos 20.000 presos, en marchas forzadas o en camiones, fueron traslados a otros campos soviéticos incluyendo el antiguo campo de concentración nazi Sachsenhausen – una ironía trágica que demuestra que los totalitarismos (religiones políticas) son igual de perversos. En este campo fueron detenidos también varios cientos de exiliados republicanos españoles, entre los que destaca Francisco Largo Caballero.

Luego el campo se convirtió en la cárcel preventiva central soviética de Alemania del Este y a principios de los años cincuenta pasó a manos del Ministerio para la Seguridad del Estado (Stasi), que la utilizó hasta 1990, poco después de la caída del muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989 y la unificación de la RDA con la República Federal de Alemania. Unos 91.000 empleados a tiempo completo y 180.000 colaboradores se encargaban de vigilar la población (16 millones en 1990) en todo el terreno del RDA.

Son antiguos prisioneros quienes guían a los visitantes por la cárcel: mi guía había pasado dos años allí por haber recibido una carta de Estados Unidos de una amiga que había escapado de la RDA. ¡Vaya favor que le hizo su amiga! La guía nos llevo al “U-Boot” (submarino), celdas construidas en el sótano por los mismos prisioneros sin ventanas. Aparte de sospechosos de nazis, en los primeros años después de la guerra, se detenía a adversarios políticos de todo tipo y hasta comunistas e oficiales soviéticos por no ser fieles a la línea, y también críticos de la SED que vivían en el oeste, secuestrados por la Stasi y llevados a la cárcel.

Las celdas frías y húmedas sólo disponían de un camastro de madera y un cubo. Día y noche quedaba una bombilla encendida. Los presos eran forzados a confesar bajo privación de sueño, obligándoles a estar de pie durante horas o encerrándoles en celdas con agua que cubría el suelo.

Con la conmemoración este año del 20 aniversario de la caída del muro y la llamada Revolución Pacifica, se están organizando varios actos especiales. Vi una exposición al aire libre en Alexanderplatz, la gran plaza ubicada en lo que era Berlín del este y hoy centro neurálgico de la ciudad, sobre el levantamiento (en 1961) y la caída del muro, muy bien explicado y de una manera imparcial y ejemplar. En uno de las muchas fotos está Felipe González en una reunión de jefes de estado de la Unión Europea sobre el muro.

Mi visita a la cárcel y la exposición, 70 años después del fin de la guerra civil española, me hicieron pensar en la falta de museos y lugares en España que conmemoran la guerra y el régimen franquista, salvo museos “locales” como uno en Cartagena que explora la historia de la ciudad entre 1936 y 1939, y lo difícil de crearlos a escala nacional. El régimen franquista, a diferencia del Nazismo y del comunismo, no era fascista ni totalitario (salvo en los ferozmente represivos años 40) sino autoritario, aunque decirlo sea políticamente incorrecto.

Es un cliché que todas las guerras son crueles, pero una guerra civil es la más cruel porque enfrenta a familias y vecinos y el “enemigo” de los dos bandos no es un enemigo común como en las guerras “normales”. Y el bando ganador siempre toma revancha, algo que pasó en España.

Si la clase política no pude ponerse de acuerdo sobre la Ley de Memoria Histórica, ¿cómo se va a alcanzar una posición común sobre la creación de un museo o de un lugar conmemorativo con textos explicativos imparciales? Como me dijo el distinguido historiador Gabriel Jackson, un muy lucido octogenario, “entre el 20% y el 40% de la población actual, en particular campesinos conservadores, la elite empresarial y la jerarquía de la Iglesia Católica, piensan que Franco era un buen tipo”.

En mi opinión, un buen lugar para conmemorar la guerra y explicar el régimen franquista y su transición a una democracia hubiera sido la antigua cárcel de Carabanchel, cuyas obras empezaron en 1940 y fueron llevadas a cabo por unos 1.000 presos políticos sometidos a trabajos forzados (como en la construcción del Valle de los Caídos). Muchos opositores políticos fueron encarcelados en Carabanchel, pero en vez de crear un Centro para la Paz y la Memoria, como se reclamaba, la cárcel fue derribada para construir pisos, un hospital, y servicios sociales. No se puede enterrar el pasado. Menos aún recalificarlo.
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