4 de julio de 2020, 13:25:02
Opinión


El nombre de Macedonia

Javier Rupérez


De entre todas las repúblicas que en su momento integraron Yugoeslavia sólo Macedonia accedió a la independencia por vías pacíficas. Macedonia ha sido además, en circunstancias no precisamente fáciles, un ejemplo relativamente exitoso de convivencia entre comunidades cultural y religiosamente distintas –una mayoría eslava, cristiano ortodoxa, y una minoría albanesa, musulmana-. Ha sabido mantener el respeto a su integridad frente a vecinos que en el pasado, de manera abierta o velada, creyeron tener alguna reivindicación sobre el territorio: Bulgaria, Serbia, Albania. A pesar de su precaria situación económica, y a pesar de los riesgos que ello suponía para su delicado equilibrio interno, ofreció generosamente su territorio para albergar a los miles de refugiados que a finales de los años noventa del pasado siglo escaparon de la limpieza étnica practicada por Slobodan Milosevic contra la población albanesa de Kosovo. Ha sabido mantener un impecable historial democrático, consagrado en la normal alternancia en el poder siguiendo los deseos de la población. Es un país pequeño que, como la mayor parte de los de su entorno, tiene como máxima aspiración la de integrarse en las estructuras del mundo democrático y occidental: la UE y la OTAN. Pero a diferencia de los que entre estos ya lo han logrado, y no obstante la calidad de sus credenciales para conseguirlo, se encuentra con un obstáculo hasta ahora insalvable: el veto de Grecia que, como miembro de ambas formaciones, se ha venido oponiendo en los últimos años a que los macedonios vean cumplidas sus aspiraciones de participación internacional.

Argumentan los gobiernos de Atenas que el nombre de Macedonia pertenece en exclusiva a la república helena –o, más extensamente, a la heleneidad- y que en consecuencia la aparición de una entidad estatal con ese nombre supone un ataque a la soberanía griega y un intento abierto de poner en duda su integridad. La reivindicación griega del controvertido nombre no se ha puesto de manifiesto hasta el momento en que Macedonia adquirió su condición independiente a raíz de la desaparición de Yugoeslavia. Mientras esta existió la República de Macedonia fue una de las federadas sin que en esos decenios Atenas tuviera nada que objetar al nombre. Más allá de los infinitos argumentos históricos que en la disputa se utilizan de una parte y de otra –y que incluso se remontan al intento de precisar la condición nacional de Alejandro Magno- lo que parece evidente es que los macedonios de la república de ese nombre no son griegos, sino eslavos, y no parece tengan aviesas intenciones expansionistas. Bastante tienen con mantener la unidad del joven país.

Pero los griegos no han cejado en sus pretensiones de acotar según sus intereses la existencia macedonia: consiguieron que para ser admitido en las Naciones Unidas el nuevo país tuviera que modificar el nombre con el que venia siendo conocido en el contexto yugoeslavo para pasar a ser denominado por el de Antigua Republica Yugoeslava de Macedonia. Dada la incorregible tendencia de todas las organizaciones internacionales de reducir a sigla cualquier denominación que pase de las diez letras, el país así denominado pasa a convertirse en ARYM –FYROM según el vocabulario inglés-. Los macedonios han resistido el intento y han seguido autocalificándose como ellos desean, a esperas de las infinitas negociaciones que al respecto, y hasta ahora sin resultado, vienen teniendo lugar en Nueva York y en Bruselas. Al menos una cierta aproximación ya se ha producido en la delicada cuestión de la bandera: los macedonios han accedido a dibujar de manera sintética el sol que, sobre fondo rojo, ondeaba en la misma y que originariamente era una reproducción del que se encuentra en la urna funeraria de Filipo de Macedonia, hallada en las excavaciones de Vergina y actualmente expuesto en el museo arqueológico de Salónica. Filipo, como bien se sabe, era el padre del gran Alejandro. Pero del nombre hasta ahora nada

La cuestión rebasa el puro nominalismo.Los griegos entienden que sus demandas encierran graves razones de interés nacional. Los macedonios reivindican el derecho a ser conocidos por el nombre con que ya lo fueron en el pasado. Pero mientras tanto otras cuestiones de calado quedan en suspenso: el derecho de los macedonios a pertenecer al mundo con el que se sienten vinculados y con ello, tema central, contribuir al fomento de la estabilidad en una zona no precisamente sobrada de la misma. La UE debería poner en funcionamiento sus mejores capacidades de persuasión y obtener de todos, y especialmente de alguien que ya es socio de la misma, una urgente solución al tema.
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