6 de mayo de 2021, 21:41:18
Opinión


El miedo de los toreros

José Suárez-Inclán


El sábado pasado, un buen presagio: el Atlético de Madrid vencía a domicilio por dos goles contra uno al Liverpool en su estadio de Anfield. Pese a los envidiables ánimos y cánticos de la “marea roja”, dos goles de Agüero y Forlán truncaron el triunfo de aquellos que nunca caminan solos. Solo sentí que el gol de los locales no hubiera salido de las botas o de la cabeza de Fernando Torres. La perfección no existe, como bien sabe cualquier aficionado a los toros. Vi el partido en la tele, y en el descanso anunciaron que, previo a la retransmisión de una corrida de toros desde la plaza de La Coruña, se proyectaría un reportaje sobre el torero Cayetano. Tarde completa de verano en el agosto cegador de la meseta castellana.

El reportaje era un viaje por la vida taurina del torero dinástico, hermano de Francisco Rivera, hijo del ciclón Paquirri, nieto de Antonio Ordóñez —maestro de maestros— sobrino de los simpares “Dominguines”, de su guía y mentor el gran Curro Vázquez… Hablaba Cayetano —hablaban de Cayetano— los matadores vivos y recordaba el torero, hondo y reverente, a los maestros muertos. Fue a raíz de aquello, cuando, pensativo, dijo despacio, como en un susurro, algo que he oído manifestar a muchos toreros: “El miedo se tiene siempre. Sobre todo a que no pase nada”.

El miedo, referente vital: la vida. La nada, referente mortal: la muerte. Un torero sin miedo es torero muerto, un hombre sin miedo no es un hombre, es una piedra. El miedo nos avisa de que estamos vivos, es como una alarma ajustada a los latidos del corazón. La vida, puro devenir, puro acontecer; tiempo vivo. La muerte, puro desacontecer; tiempo muerto. “¡Tiempo muerto!” —gritan los entrenadores de los equipos de baloncesto para matar el partido, para parar el tiempo. Tiempo muerto en el que se para el juego, en el que no pasa nada; el miedo superior del torero, el miedo suprahumano o inhumano, de que pare el juego y llegue el silencio, de que paren los latidos del torero, del toro y de la plaza. El miedo a que no pase nada es símbolo —no tan metafórico— del miedo paralizador a la muerte. El torero toma todos sus miedos en la mano y se pone a torearlos, a burlarlos, a hacerlos frente. Hasta exponer un modelo de vida, de enfrentar, dominar y transformar los miedos, que se consuma en la estocada final.

Las consecuencias del apasionante cuarto de hora que dura esta representación —la faena del torero, modelo de la faena vital— son ejemplo y lección que los espectadores intuyen, decantan y asumen como un misterio desvelado y público de sus propias vidas, de la vida humana en general. El público —y el propio matador en su ensimismada labor— premia o castiga, se admira y emociona, se decepciona, irrita o aburre. El miedo vital se ha hecho público y sus efectos se burlan —se torean— con una cualidad esencial: el valor. Vivir es valor. A miedos, valores. Si vivir es valor, torear más: es dar la cara a todos los miedos, al miedo esencial, a la nada. El torero burla los miedos con exactitud, con destreza, sale adelante —sale vivo— y no se mira en los tropiezos. Tan humana es su alegórica faena de la vida, que más allá del valor y la destreza, llega al límite de los atributos humanos: el de la creación consciente de belleza, lo que desde Altamira conocemos como arte. Arte vivo. En la arena, frente al toro, frente al público, el torero —el buen torero, algo que toda persona sensible capta de forma inmediata y sin necesidad de conocimientos previos— condensa todos los valores ante todos los miedos. Es la pura imagen del valor, de la sabiduría y del arte; de la vida frente a la muerte. Matar la muerte, el valor esencial. A partir de una edad todos los chicos debieran presenciar una corrida de toros. Como asisten a una obra de teatro. Al fin y al cabo es la única representación en estado puro que queda de la tragedia.
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